Fernando Bárcenas

¿A irrigar la planicie del Pacífico?

Ortega repasa los antiguos proyectos frustrados y, como si fuesen obras de teatro exitosas, los pone nuevamente en escena. En 1985, estrenó la idea, como política de gobierno, de ejecutar las viejas propuestas de los ingenieros de los años sesenta y setenta, y aprovechar los grandes lagos para irrigar las tierras fértiles de la planicie seca del Pacífico. En un país de vocación agroforestal, le pareció apropiado al precedente gobierno sandinista apuntar hacia la exportación de alimentos, sin mayor valor agregado. No obstante, el proyecto, mal gestionado, por incapacidad de planificación integral de los dirigentes sandinistas de entonces naufragó en silencio en el propio astillero, antes de la botadura del barco.

En 2009, en reunión solemne en Cochabamba, Ortega sometió a la aprobación de los presidentes de países del Alba el mismo proyecto, rebautizándolo demagógicamente como “Programa Socialista de Riego del Alba”. Se irrigarían, en tres etapas, 624 mil hectáreas, para producir 3.5 millones de toneladas de alimentos, que abastecería la demanda nacional, y… la del resto de países que hiciera falta.

¿En qué sentido —lo que debió ser un proyecto de manejo integral de la cuenca 69— era un programa socialista? Nadie lo sabe. Lo cierto es que en la presentación del programa, elaborada por Paul Oquist (el mismo que predijo, en 2013, que el PIB de Nicaragua alcanzaría, sin jerónimo de duda, un crecimiento del 15 por ciento en 2015), se especifica que los campesinos pagarían en especie, con su producción agrícola —en una relación pre-capitalista— la inversión de dos mil millones de dólares. El “programa socialista” de riego nunca despegó. Ni una sola hectárea fue irrigada. Gracias a esa inoperancia inveterada, los campesinos se salvaron de ver prendadas, a fuerza, sus propiedades (y de verse abusivamente endeudados, como los consumidores de electricidad).

Oquist designó una junta directiva, definió cargos en el organigrama de una empresa de alimentos, adscrita jurídicamente a Albalinisa, como si ya fuese comercialmente operativa. La lechera optimista del cuento, pasaba ilusoriamente de una etapa afortunada a la siguiente, en éxito comercial aparente, pero, lógico. Oquist, en cambio, salta etapas lógicas de la realidad y, de golpe, audita la imaginaria producción de alimentos requisados.

Nunca pensó Oquist, que realizados los estudios de pre-factibilidad técnico-económica; conseguido el financiamiento (¡la madre del cordero!); completado el diseño, con la solución de los retos y desafíos ingenieriles multidisciplinarios; solo entonces, las compañías constructoras conformarían una organización ad hoc, para ejecutar el plan constructivo del proyecto.

Siete años después, Ortega retoma —como si nada— el mismo proyecto. Desciende de la cumbre como un oráculo temeroso: “He dado instrucciones al ministro de Hacienda para que se realice el proyecto de irrigación”.

Pese al decreto orteguista, tanto el financiamiento como la ejecución técnica del proyecto se vuelven cada día más complejas, más costosas y menos sostenibles. No solo por los efectos del cambio climático sobre el ciclo hidrológico, cuanto por la degradación de la cuenca de los grandes lagos y del río San Juan, producto del comportamiento humano irracional.

Hemos tenido frente a nuestros ojos, inútilmente, una riqueza hídrica fabulosa, 27,056 m3/hab/año. Convertida Nicaragua, en los últimos diez años, en una triste finca de Ortega, se ha desforestado el 30 por ciento de los bosques, sustituidos por pastizales para la ganadería extensiva (una vaca por hectárea), que avanza la frontera agrícola erosionando 20 millones de toneladas de tierras fértiles al año. El lago Cocibolca recibe anualmente 20 millones de toneladas de sedimentos, plaguicidas y sustancias tóxicas. Los cauces que cruzan las ciudades ribereñas descargan sus desechos en el lago, y las tuberías de aguas negras, especialmente de Granada, desfogan inmundicias al lago, infectándolo como una inmensa cloaca.

Un plan estratégico nacional de riego debería resolver, prioritariamente, la degradación de la cuenca 69 (revertir la deforestación, el aporte de sedimentos y contaminantes orgánicos y químicos), darle, además, un uso apropiado a los suelos, incrementar la productividad misérrima de la actividad agropecuaria, forzar la rentabilidad de cada unidad de agua, e incorporar un valor agregado, por medio de la agroindustria.

En torno al agua se gesta una revolución social. Sin lo anterior, la irrigación anunciada es solo otra burla trágica de la demagogia orteguista.

El autor es ingeniero eléctrico.

Opinión Daniel Ortega archivo

COMENTARIOS

  1. Juan Perz
    Hace 10 años

    Yo entiendo que si se hacen los estudos adecuados o talvez ya los hay y no se consiguen los fondos totales para todo el proyecto, se podria comenzar directamente a irrigar pequenas areas de acuerdo a los fondos disponibles del momento. Si el proyecto ya tiene 13 años de engavetado, ya habria avanzado una parte sustancial. Pero como todos los proyectos siempre alguien esta esperando conseguir primero el total de los fondos para enriquecerse, al no conseguir el dinero automaticamente lo abandonan.

  2. roger martin
    Hace 10 años

    excelente el ingeniero, poniendo los puntos sobre las ies…

    1. Nica-Gas
      Hace 10 años

      Otros puntos en otras ies. Que lindo observar como las aguas de los lagos a través del río San Juan pasan hasta desembocar al mar. Es un paisaje maravilloso ver los atardeceres en el río San Juán. Voy con las otra ies. Que lástima ver tanta agua dulce que llega hasta el mar sin ninguna utilidad y mucha gente con hambre. Buèn uso serà para regadìo y aumentar los volùmenes de alimentos, esto es mejor que ver con las manos cruzadas toda esa agua dulce como desemboca al mar en donde ya no se puede usar para nada.

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