Con su discurso del sábado 4 de junio en el congreso del FSLN, Daniel Ortega causó una gran conmoción en sectores políticos democráticos y diplomáticos extranjeros acreditados en Nicaragua.
Ortega tiró al suelo la máscara con la que se cubre el rostro de dictador y no solo sepultó la observación electoral en los comicios de noviembre, como dijo LA PRENSA, sino que atacó a los embajadores que han hablado de ella, solo hablado, no pedido y menos exigido.
En realidad, los únicos diplomáticos extranjeros que han hablado de observación electoral han sido la embajadora de los Estados Unidos (EE.UU.), señora Laura Dogu, y el embajador de la Unión Europea (UE), señor Kenny Bell.
La embajadora de EE.UU. dijo el 10 de febrero pasado —respondiendo preguntas de los periodistas—, que “la observación electoral es importante” porque “la gente necesita tener confianza en el sistema electoral”. Más recientemente, el 18 de mayo pasado, la embajadora Dogu reiteró que “es importante traer observadores de fuera de Nicaragua para las elecciones… Esto es parte de un proceso democrático en cualquier país”.
Por su parte, el embajador Kenny Bell, también respondiendo a periodistas el 29 de enero y el 12 de mayo del presente año, declaró que la Unión Europea está dispuesta a participar en la observación electoral, pero eso depende de que el Gobierno de Nicaragua los invite.
La reacción de Ortega ha sido insólitamente agresiva. En vez de invitar a la observación electoral ha insultado a los embajadores de países amigos de Nicaragua: “Observadores sinvergüenzas.
Aquí se acabó la observación, que vayan a observar a otros países. Aquí no hay observación, ni Unión Europea ni OEA que se vaya a pronunciar…”, vociferó Ortega, quien parecía estar fuera de sus cabales. “Que se olviden de estar pidiendo cuentas los embajadores intervencionistas a los poderes del Estado —agregó el iracundo dictador—. No sigan llamando. Llaman a magistrados, llaman a diputados, ¿quién los controla a ellos?”
Definitivamente hay que tener claro que Daniel Ortega no quiere que haya elecciones libres y transparentes en Nicaragua y no está dispuesto a permitirlas. Él está dominado por la ideología totalitaria y tiene la malévola intención de perpetuarse en el poder. Su modelo electoral es el de Cuba, donde no hay alternabilidad en el poder, la oposición es ilegal, los ciudadanos no tienen derecho de elegir y el partido gobernante carece de contrincante.
En Nicaragua, algunas personas democráticas de buena fe tenían la esperanza de que Ortega podría haber cambiado para bien. Inclusive, a fin de no enfadarlo y más bien alentarlo, han venido negando que en Nicaragua exista una dictadura. Lo que hay es una democracia defectuosa —han dicho—, una “dictablanda” o un “régimen híbrido”, o sea que este régimen es mitad democrático y mitad dictatorial.
Pero Ortega no ha sido, no es ni será nunca un demócrata ni un político inteligente, moderado y razonable. Con su discurso en el congreso del Frente Sandinista se ha mostrado como el dictador irracional que realmente es.