En el excesivo afán del dogma como dueño de la verdad absoluta, censuró el postulado cosmológico enunciado en la obra magna de Copérnico hasta llevarlo a su propia ejecución, “De revolutionibus orbium caelestium” (Sobre las revoluciones de los cuerpos celestes), que establecía el modelo heliocéntrico y que por ende contravenía las interpretaciones eclesiásticas aferradas al sistema de Tolomeo. Clara y enfática prueba histórica del oscurantismo religioso, ciego y obtuso. Por ende, el credo que no marcha mano a mano con la ciencia, se sitúa por sí mismo en la oscuridad de la superstición y la ignorancia.
Cuando se cierran los oídos al razonamiento y se vendan los ojos a la lógica, caemos presa de un ostracismo fideísta. Si el credo estuviese en armonía con la ciencia y marcharan juntos, gran parte del odio y la amargura que en la actualidad causan tanta miseria a la raza humana habría terminado. Considérese lo que distingue al ser humano de entre todos los seres creados y hace de él una criatura diferente. ¿No es su poder de razonar, su inteligencia? ¿No debe hacer uso de ellos para el estudio de la doctrina? Yo digo: piénsese diligentemente en la balanza de la razón y de la ciencia todo lo que sea presentado como religión. ¡Si pasa esta prueba, acéptese, pues es la verdad! ¡Si, es lo contrario, no se ajusta a ella, rechácese, pues es oscurantismo!
Entonces, ¿sería posible conciliar la ciencia con la fe renunciando al sesgo de la superstición?, por supuesto que sí. De hecho, la ciencia probada y la fe organizada verdadera (coherente y razonable) no se refutan, sino que se complementan. En este sentido William Rees-Mogg acertaba: “La ciencia se preocupa por lo mensurable; la religión, por lo inconmensurable”. Cuando la fe es libre de supersticiones, tradiciones y dogmas ininteligibles modela su aquiescencia con la ciencia.
Fugar temores en estado de histeria supersticiosa no es una alternativa para el creyente pensante, este debe cuestionar permanentemente lo dogmático, no conformarse con alusiones teológicas sobre un tema en particular porque al fin de cuentas los jerarcas de cualquier confesión religiosa instrumentalizan la superstición para someter al feligrés (este suele ser el mejor instrumento para manejar a la masa), para reducirlo a un vegetal que no tiene ni voz ni voto en la congregación simplemente porque no está debidamente “autorizado” para disertar sobre lo teologal. ¿Cómo puede un lector lego de los libros sagrados deliberar con un miembro de la casta teóloga?, ¡argumenta la retórica ortodoxa! tratando a la congregación como a un rebaño de borregos manipulables, ignorantes, insensatos y “analfabetos religiosos”. Son esos pseudolíderes los responsables de haber tanto sectarismo y mentalidad gregaria por doquier, sus causas son variadas tales como: el atractivo carismático de los fundadores y líderes, el tradicionalismo religioso (la credulidad) y la supuesta satisfacción de determinadas necesidades psicológicas que osan dar una “posición e identidad” en cierto segmento de la sociedad, entre otras.
El fanatismo es dañino porque provoca y fomenta la sumisión acrítica e incondicionada de los adeptos y tiende a encaminar al grupo al aislamiento y a la secesión doctrinal producto de hacer una interpretación sesgada de las Escrituras.
Feuerbach decía que “el hombre es para sí su propio objeto de pensamiento”, el mismo Yeshúa acuñaba: “Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna”, sin dejar ninguna prerrogativa exclusiva a los autodenominados “jerarcas” o haber establecido la administración exclusiva de esta por ningún tipo de “poder supraterrenal” a la casta eclesiástica. Esto revela un amplio sentido de libertad y emancipación, cosa que la superstición fanática castra en el hombre.
El autor es ingeniero Agrónomo