Con el correr de los años se ha ido perdiendo una de las cualidades sociales más valiosas del modo de ser del nicaragüense: la cortesía, buenos modales o don de gente.
Existe un mar de distancia entre la cortesía que practicaban nuestros abuelos, nuestros antepasados, con la conducta que actualmente observamos en nuestra relaciones con los demás. La diferencia es tan grande, que se nos hace difícil aceptar que la cortesía era considerada un don innato de todos los nicaragüenses.
E. G. Squier, diplomático y escritor norteamericano, que recorrió Nicaragua hace 165 años, refiere lo siguiente: “Todos los nicaragüenses desde el más arrogante al más humilde, desde el indito que junta las manos para decirnos ¡buenos días le dé Dios, Señor! hasta la dama de alcurnia, que abate su abanico llevándoselo a los labios en señal de reconocimiento, todos, quiero repetir, tienen un innato don de la cortesía” (E. Squier, Nicaragua, sus gentes y paisajes).
En el pasado se consideraba la cortesía una cualidad valiosa. Se cultivaba con esmero en el hogar y se enseñaba en la escuela como parte del currículum. Incluso existía en primer año de secundaria la asignatura Moral y Trato Social, donde los maestros enseñaban reglas de conducta que los jóvenes debían observar en sus relaciones humanas en el hogar, en la escuela y en la vida social. Esa asignatura desapareció del pénsum escolar hace 65 años.
Todo pasó a la historia. Lo que hoy observamos con más frecuencia es la falta de respeto y consideración hacia el prójimo:
La falta de cortesía del conductor del vehículo, es una de las causas más importante de los accidentes de tránsito.
Los hijos irrespetan y hasta agreden a sus padres.
En la escuela no se guarda la consideración que merecen los maestros, nuestros “segundos padres”.
En el bus no se cede el asiento a la mujer embarazada ni al anciano.
En el trabajo, la prepotencia y el acoso sexual del jefe se ha generalizado.
En la calle se irrespeta a la mujer.
El chisme es un mal nacional.
La tranquilidad del vecino es perturbada con los ruidos y música de afuera.
La falta de puntualidad es característica de la psicología del nicaragüense.
Se conversa en voz alta mientras se ve una película.
Con frecuencia se cae en discusiones acaloradas. Peor aún en una mesa de tragos.
Estornudar escandalosamente, escupir en el suelo, tirar basura a la calle, limpiarse las manos con el mantel, chuparse los dedos, dar consejos donde no los piden, fumar en casa ajena sin pedir permiso, llevarse comida al término de una fiesta, sacarse los zapatos mientras se trabaja, son malos hábitos que se observan con alguna frecuencia.
La persona educada, es educada siempre y en toda ocasión, en el hogar, en la escuela, en el trabajo y en la vida social. El sujeto que con extraños se conduce en forma educada y en la intimidad de su hogar emplea un lenguaje o trato grosero, carece fundamentalmente de cortesía.
La cortesía es un valor social de primer orden. Se basa en la consideración y respeto que nos merecen los demás. Nace, por lo tanto, de una auténtica actitud positiva hacia el prójimo. Implica un pequeño sacrificio que debemos hacer para que los demás se sientan bien. La cortesía es, en esencia, una expresión de los sentimientos de amor al prójimo. Contribuye a la armonía y desarrollo social y al bienestar humano.
El respeto y amor al prójimo nos indican siempre la conducta que debemos seguir, nos impide ser vulgares, jactanciosos, groseros y aprovechados. Nos prohíbe ofender, calumniar. Nos aconseja ser amables, ayudar a los débiles y desvalidos, ser leales con nuestros principios.
Para ser corteses con los demás es importante seguir la regla de oro de las Relaciones Humanas: “Compórtate con los demás, como te gustaría que los demás se comporten contigo”. Esta regla reproduce las palabras de Cristo. “Hagan ustedes con los demás, todo lo que deseen que hagan ellos con ustedes” (Mateo 7:12).
El autor es psicólogo, doctor Honoris Causa de la UNA-Managua y Orden Mariano Fiallos Gil, del Consejo Nacional de Universidades.