Nuestra economía ha estado en capacidad de absorber el fortísimo crecimiento de la fuerza de trabajo resultante del bono demográfico y de género, porque las personas que se han incorporado a la actividad económica, en gran medida crearon sus propios empleos para sobrevivir.
Lo han hecho con un acceso prácticamente nulo a los recursos, en actividades de sobrevivencia de muy baja productividad localizadas ante todo en la agricultura tradicional y el comercio y los servicios informales, principalmente bajo la forma de trabajadores por cuenta propia de bajísima calificación y trabajadores familiares sin pago.
Dado que la productividad media de la economía es un promedio ponderado, siendo el factor de ponderación la participación porcentual de las distintas actividades en el empleo total, el hecho de que las actividades de menor productividad generen la mayor parte del empleo presiona a la baja la productividad promedio.
Dado el estancamiento y/o declinación de la productividad, el crecimiento de la economía, que depende tanto de la tasa de crecimiento de la fuerza de trabajo como de la tasa de crecimiento de la productividad, se explicaría, esencialmente, por el crecimiento de la fuerza de trabajo. Esta es una sencilla verdad matemática.
A su vez, las proyecciones sociodemográficas muestran que el proceso de transición demográfica ha entrado en un punto de inflexión, a partir del cual el proceso de envejecimiento comienza a adquirir velocidad de crucero, y que en las próximas décadas el crecimiento de la fuerza de trabajo comenzará a desacelerarse de manera muy marcada.
Al desacelerarse el crecimiento de la fuerza de trabajo, si la tasa de crecimiento de la productividad no se incrementa de manera mucho más que proporcional, la tasa de crecimiento de la economía se desacelerará pari-passu con la fuerza de trabajo, y el país deberá enfrentar la fase de envejecimiento en condiciones deplorables.
Si se desea evitar que esto ocurra, el país debería promover desde ahora un proceso de acelerada diversificación de la economía hacia actividades de creciente productividad y elasticidad-ingreso de la demanda a largo plazo, capaces de generar porcentajes crecientes de empleo.
Esto es lo que permitiría que un número decreciente de trabajadores, ocupados en empleos de creciente productividad, pueda generar los recursos necesarios para sostenerse a sí mismos, con niveles de vida crecientes, y al mismo tiempo sostener al número en rápida expansión de adultos mayores, también de manera digna.
Para que las nuevas actividades dinámicas sean capaces de ir absorbiendo porcentajes cada vez mayores del empleo, las mismas deberán expandirse con la suficiente rapidez, para que su demanda por nuevos trabajadores supere, con creces, el mero crecimiento de la población económicamente activa.
Sin embargo, para que estas actividades crezcan con la suficiente rapidez, la demanda por sus productos debe ser capaz de crecer con una mayor rapidez relativa que la del ingreso; es decir que, al contrario que los productos en los cuales se ha especializado nuestra economía, estas nuevas actividades deberán generar productos caracterizados por una alta elasticidad-ingreso de la demanda a largo plazo.
De lo contrario, su demanda de trabajadores crecerá, en el mejor de los casos, como ha ocurrido hasta ahora, al mismo ritmo que la población económicamente activa, y la estructura del empleo no cambiará: estas actividades no serán capaces de absorber porcentajes crecientes del empleo, y la mayor parte de la fuerza de trabajo continuará ocupada en actividades de sobrevivencia.
En todo caso, para que esta transformación sea viable será imprescindible también modificar los rasgos del actual patrón de crecimiento sustentado en la explotación “minera” de los recursos fundamentales —suelo, bosques, agua, biodiversidad— que son el soporte natural de un desarrollo que pueda sostenerse a largo plazo.
Pero no se ha avanzado en esta dirección y el tiempo disponible para hacerlo se agota.
*Economista
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