Angry Birds fue creado en 2010 por Rovio, una pequeña compañía desarrolladora de software basada en Finlandia. Las características del juego, simple y adictivo, se cruzaban con las capacidades de los incipientes teléfonos inteligentes, creando una tormenta perfecta que le permitió convertirse en la aplicación más popular del mercado. A como suele suceder, el éxito se diversifica. Nuevas revisiones dieron paso a productos secundarios: secuelas, series de tv, juguetes y cruces con otros productos culturales. Para cuando apareció Angry Birds Star Wars, en 2012, ya habíamos pasado el punto de saturación. Ahora, nos enfrentamos al tardío estreno de una película temática. En la dinámica de la cultura popular actual, seis años es una eternidad. A estas alturas, el juego es un asterisco en la historia del medio cibernético. En términos estrictamente comerciales, Rovio dejó pasar el tren y llega tarde a su propia fiesta. Nada de eso importaría si la película fuera buena, pero me temo que su tiempo estaría mejor invertido jugando Angry Birds en su teléfono. Parte del encanto del juego era lo absurdo de su concepto: cerdos verdes han robado los huevos de una bandada heterogénea de pájaros, ocultándolos en rocambolescas estructuras. Para recuperarlos, los pájaros se lanzan como proyectiles contra los edificios, usando una hulera gigante. Pura destrucción e inmolación presentada en colores vivos y con hilarantes efectos de sonido. En un juego de video no tienes que explicar mucho. En una película comercial para niños, hay que infundir algo de congruencia narrativa y construir una historia. Es ahí que comienzan los problemas de Angry Birds.
El guion invierte mucho tiempo en construir un universo que no tiene mucho sentido. Como muleta, recurren a arcos narrativos inspiradores: Rojo es un pájaro con problemas de control de ira, un inadaptado en la sociedad utópica conformada por pájaros de diferentes especies que no vuelan. Hay destellos de sátira social, siguiendo la línea de los filmes animados que aspiran a funcionar para todas las edades. Dudo que los niños se rían del uso irónico de Never Gonna Give You Up, canción ochentera de Rick Astley. Pero también hay una canción “country” de Blake Shelton, un “cover” de I Will Survive, de Demi Lovato. La banda sonora refleja la desesperación de la película. Quiere ser todo para todos. El rescate de los huevos se convierte en un ejercicio de educación cívica y emocional para Red y su pueblo. Él aprende a controlar sus emociones, ellos aprenden a aceptarlo y reconocer sus virtudes. Suena bonito, pero la sensibilidad cómica apunta más al cinismo que a la sinceridad. Y anhelo volver a los tiempos inocentes en que no todas las comedias tenían chistes basados en la ingesta de excremento, fluidos corporales, o flatulencia explosiva.
Aunque los cines han programado proyecciones con versión subtitulada, tuve que ver la versión doblada al español. El doblaje, realizado en México, colorea el lenguaje de los personajes con modismos locales. Sorpresivamente, también reproduce prejuicios que datan del siglo pasado. El Rey Cerdo, villano principal, habla con espeso acento campesino, como los cuervos perezosos que perseguían a Speedy González en las viejas caricaturas de Warner Bros. Red y sus amigos hablan con un acento más neutral. Puedo estar leyendo demasiado en esto, pero el subtexto es que los que hablan como proletarios son “malos”, y los blancos educados de clase media son “buenos”. La versión original en inglés no debe tener este repelente sesgo de clase. Pero no estoy dispuesto a averiguarlo. Una sola vista a Angry Birds basta y sobra.