José Antonio Zarraluqui

A trompicones hacia el futuro

El pasado martes 3 de mayo tuvieron lugar las elecciones primarias en Indiana para la presidencia de los Estados Unidos en 2017.

Por el lado republicano el contendiente Ted Cruz tiró la toalla tras la abrumadora victoria en las urnas de Donald Trump, dejando a este último como presunto nominado —a reserva de las maquinaciones de sus enemigos, que son legión en la burocracia del partido—, para que una figura alternativa triunfe en Cleveland durante la convención en julio.

Quedaba un último competidor de los 16 republicanos con los que se midió Trump: el gobernador de Ohio, John Kasich, que a pesar de su lamentable desempeño en las urnas repetía que él ganaría la nominación del partido. Menos de 24 horas después decidió dejar de hacer el ridículo.

En el lado demócrata ocurrió lo previsto por pocos y temido por muchos al vencer el aspirante Bernie Sanders a su correligionaria Hillary Clinton, favorecida por la cúpula de su partido al otorgarle desde el inicio de la contienda una cantidad de superdelegados sin ninguna relación con la voluntad de los votantes. Hillary insiste en que Bernie debe renunciar por sus pobres resultados en la cuenta de votos y delegados, pero Bernie le dio a Hillary una mala noticia. Le dijo que no piensa retirarse porque esa cuenta es arbitraria y que todavía aspira a ser seleccionado en la convención de Filadelfia.

Resulta que la Clinton es la candidata de los demócratas tradicionales por su nombre, su historial de funcionaria y por representar los valores del partido —dicen— a pesar de los escándalos al mentir de continuo, por comprometer secretos oficiales de seguridad en sus emails y el mal manejo del ataque terrorista en Bengasi a la representación diplomática norteamericana. Mientras, no se sabe qué hace Sanders compitiendo por los demócratas cuando es un socialista desorejado… O se sabe demasiado bien ya que en realidad socialistas son los dos, solo que una representa a los socialistas de limusina y otro a los socialistas descamisados. Cualquiera de los dos sería, tras Barack Obama, el puntillazo a la prosperidad americana.

En el campo contrario Trump, aunque representa la insurgencia ciudadana contra la ineficiente pandilla institucional de Washington DC, no deja de ser un millonario con modales de patán, populista y lleno de ideas descabelladas que si llega a mandar, como no escoja a un vicepresidente que lo frene y domine las interioridades y sutilezas de la política nacional y foránea —digamos un Newt Gingrich—, resultará tan peligroso como los males que promete remediar.

A trompicones y entre sobresaltos se encaminan los estadounidenses a seleccionar otro presidente en noviembre. ©FIRMAS PRESS

El autor es analista político.

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