El libro de Génesis de las Sagradas Escrituras dice: “En el principio Dios creó los cielos y la tierra, la luz, las aguas, llegó haber una expansión en medio de las aguas a la que llamó cielo y tierra. Luego creó al hombre a su imagen y semejanza; ‘macho y hembra los creó’ y plantó al hombre en el jardín del Edén, diciéndole: ‘mira que les doy toda vegetación que da semilla sobre la superficie de la tierra y árboles en los cuales hay frutos que les servirán de alimento’”.
Entregada desde entonces al hombre la tierra para que este la sujetara, e hiciese de ella de manera indefinida su morada en perfección y felicidad, lo que así asumió comprometido por este hecho mismo a cuidarla, protegerla y preservarla como lo haría hoy todo aquel que recibe una propiedad y la considera suya.
Así la tierra se constituye en la heredad nuestra, la que si bien es cierto la teoría cosmológica afirma fue formada mediante procesos evolutivos (Big Bang), hace unos miles de millones de años, no deja de ser una intervención divina como lo dijo el salmista: “Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formastes, digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas memoria de él?”
Sin dudas la Organización de las Naciones Unidas (ONU) consecuente por toda la importancia que representa la tierra como nuestra hábitat ha declarado al 22 de abril Día Mundial de la Tierra; desde luego un importante aporte para promover el cuidado y preservación de su naturaleza.
Pues no se puede obviar la dureza con la que el planeta, nuestra tierra, está siendo maltratada por las prácticas impropias aplicadas en el mundo, sobre todo en los países más desarrollados, donde la minería, la industria, los combustibles fósiles y la sobreabundancia de gases fósiles son entre muchísimos las causas de la alterada degradación del entorno mundial.
Así el caso nuestro o de la región, donde las fuentes de agua, además de estar contaminadas, se están agotando; los ríos de las dos grandes vertientes, que bañan con sus aguas la geografía del istmo, igual que los ríos de la cuenca de nuestros lagos donde muchos de ellos se han secado dejando de sí, piedra sobre piedra. La tala del bosque como de la montaña avanzando incontenible provocan la erosión y desertificación del suelo, aumenta los riesgos de inundaciones y sequías a lo que agregamos el mal manejo de los suelos en las labores agrícolas.
Por ello es muy conveniente hoy que rememoramos el Día Mundial de la Tierra y más aún, cuando estamos frente a la llegada del invierno recordar que nuestro país tiene una particularidad geológica que es predominante en los suelos, que comprende la zona aluvial desde la parte norte hasta la meseta central, la que desborda en grandes avalanchas de agua de arriba hacia abajo, arrastrando material aluvial de origen bastante reciente bañando llanuras, depresiones, valles riveras de los ríos, causando dramáticos imprevistos, ejemplo: el huracán Mitch en octubre de 1998, el cual estacionado en las montañas de Honduras produjo entre nosotros la mayor cantidad de precipitaciones del siglo XX afectando sensiblemente las regiones norte y noreste del país, entre otros el volcán Casitas se desbordó en terribles avalanchas de lodo y roca dejando sepultadas a más de 2,000 personas, recuerdo triste que aún conmueve el espíritu de los nicaragüenses.
Esta histórica y lamentable experiencia debería de ser una lección que no deberíamos olvidar cuando de cuidar nuestros suelos y de promover una tierra fuertemente pródiga se considere conveniente en nuestro país.
El hombre de la piel roja nos invita a esta reflexión: “La tierra es sagrada, cada hoja resplandeciente, cada neblina en el oscuro bosque, cada claro y cada insecto con su zumbido son sagrados en la memoria de mi pueblo, la sabia que circula en los árboles contiene la memoria de nuestros antepasados, los ríos son nuestros hermanos, el murmullo del agua, del águila majestuosa, la fragancia de las flores y el canto de las aves nos pertenecen porque somos parte de la tierra”.