La comunicación entre los esposos desgraciadamente no es algo que se da espontáneamente en todos los matrimonios, sino algo que requiere un esfuerzo consciente.
Todos estamos de acuerdo en que la comunicación es algo muy bueno, pero el estar de acuerdo y el hacerlo son cosas muy diferentes. Por eso mi propósito no es convencer a mis lectores de que es bueno o necesario sino que sea una realidad.
Muchas parejas no reconocen todavía la importancia que tiene, y en consecuencia no la tiene todavía como una verdadera prioridad. Ya sé que alguna vez de alguna manera todos nos comunicamos de un modo u otro, pero necesitamos ahora que, en nuestras familias la comunicación no sea solo algo que sucede alguna vez, o de cualquier modo, sino que sucede continuamente y correctamente.
La comunicación no debe ser el lujo que nos damos cuando tenemos tiempo, sino algo regular, para lo que necesitamos “hacer el tiempo”. Cuando decimos que no “tenemos tiempo” es la primera señal de alarma de que lo estamos necesitando a gritos. Debe ser campana de alarma de que algo nos está separando, de que el orden en nuestra vida está cambiando.
“Bueno, ¿y de qué suponemos hablar?” Para muchos el paso más duro ha sido este. “No tenemos de qué hablar”. Lo dicen con toda sinceridad, y hasta con tristeza.
Posiblemente están despertando de largos años de incomunicación. De novios hablaban interminablemente, ahora no tienen nada que decirse. Y sin embargo no es falta de amor. Es simplemente que las cosas han cambiado. Antes todo era nuevo. Cada encuentro era un acontecimiento. Hoy todo es cosa sabida, y nuestra vida es rutinaria. Por eso antes la comunicación brotaba espontáneamente. Ahora necesita de un esfuerzo consciente y de una decisión formal. Pero es posible. Y puede ser muy agradable, si sabemos cómo.
El primer error suele ser el querer compartir solo las cosas importantes, que generalmente significa el compartir solo los problemas. Los problemas necesitan compartirse pero no pueden ser nuestro único tema de conversación. Muchos se han cerrado a la comunicación precisamente por eso. Tienen ya demasiados problemas durante todo el día, para venir ahora a escuchar los de la casa. Para ella, sin embargo, los problemas parecen ser la única cosa capaz de obtener la atención del marido.
La comunicación se suspende, o deteriora en disgusto. Y los problemas crecen o se amontonan haciendo todavía más difícil el enfrentarlos. Hay que saber ser oportuno. No es prudente descargar sobre el marido la totalidad de los problemas en el instante mismo en que llega a la casa.
O despertarlo a las tres de la mañana para dialogar. Por eso es tan importante tener un tiempo y lugar fijo en la semana. Cuando la esposa sabe que todos los jueves tiene dos horas dedicadas para ella, en donde puedan verse en detalle todos los problemas, se siente más tranquila. No tiene que tirártelos ahora encima por miedo a que no los veás nunca, porque sabe que una vez por semana pueden verlos con tranquilidad uno a uno, y ponerlos en vía de solución. El marido por su parte puede prepararse para detectarlos inclusive aún antes que ella se los diga.
Orar por sabiduría. Llegar con paz. Enfrentarlos uno a uno conforme a su importancia, o a su urgencia. Porque esta es precisamente la otra ventaja del diálogo frecuente y fijo. Y es que podemos tomar los problemas uno a uno sin pretender resolver los de toda una vida en una sola sesión.
El autor es miembro del consejo de coordinadores de la ciudad de Dios.
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