Cerca del río Jordán, la ciudad de Jericó ha existido desde hace más de 11 mil años en la era del Holoceno. Alrededor del año 8 mil antes de Cristo la ciudad construyó lo que fue la primera muralla que se conoce en la historia de la humanidad. Era una muralla de piedra de unos 12 pies de alto y 5 pies 11 pulgadas de ancho con una torre de 12 pies y escalera de 22 peldaños que rodeaba una área de 40,000 metros cuadrados.
Desde el punto de vista bíblico, pero no histórico, la muralla fue derribada al toque de trompetas y gritos del pueblo israelí después de cruzar el río Jordán, al impedir su avance hacia la tierra prometida.
Curiosamente, y sin juzgarlo personalmente, hay un paralelismo divino, histórico, esotérico o como se le quiera llamar, entre el río Bravo, el río Jordán, la futura muralla que Mr. Trump desea construir en el borde de México con Estados Unidos y la de Jericó.
Han habido muchas murallas en la historia de las civilizaciones. La de Jericó; la China, que costó la vida de 10 millones de trabajadores, por la que es llamada también la muralla cementerio y que fue construida para defenderse de las invasiones nómadas xiongnu de Mongolia que es ahora un lugar turístico; la muralla romana de Lugo para defenderse de los Bárbaros en lo que hoy es Galicia, patrimonio de la humanidad como la China; la del Kremlin en Moscú para defenderse de las hordas mongoles y tártaras; la de Berlín con su trágico historial y triste final que costó miles de muertos para imponer un sistema decadente y de horror del que se lucraban cuatro vividores; hasta las murallas de sentido figurativo como las de agua que rodean a Cuba y que acaban de ser derribadas con el nuevo tratado que permite muchos vuelos entre dos naciones y que son puentes de libertad. Murallas de agua que aunque no construidas por el hombre, han dejado, como la de Berlín, miles de muertos y dos rechonchos billonarios.
Porque estas murallas han sido construidas para bloquear, para detener, para impedir que los seres humanos se movilicen hacia fuera o hacia adentro. Con pretextos defensivos, con justificaciones de sobrevivencia, pero a la larga haciendo más mal que bien sobre todo a aquellos pueblos que se han lucrado de tenerlas. Son murallas que coartan la libertad y con ello son murallas que ofenden a Dios porque nadie es dueño absoluto del universo.
En realidad también existen murallas personales en nuestros corazones. Murallas que impiden abrirnos hacia nuestros hermanos. Son las murallas del egoísmo, del racismo, del clasismo, de la explotación y del populismo del siglo XXI y como las construidas en todas las épocas, para defendernos de los que nos quieren insultar, humillar; pero más de las veces para encerrarnos en nosotros mismos y no ir hacia los que nos necesitan. Son murallas que impiden nuestro avance hacia Dios, nuestra salvación.
Es quizás en estas últimas murallas que el papa como todo buen guía espiritual, nos aconseja, siempre respetando nuestro libre albedrío, para que no las construyamos, para que no amurallemos nuestros corazones porque ellas limitan alcanzar a Dios, porque ellas bloquean que Cristo Jesús penetre en nosotros ya que es Él ese puente del que también Francisco nos invita a construir. Puente que con su muerte y resurrección nos lleva de la mano a la gloria de ese Dios infinito y misericordioso que justifica el único sentido de nuestra existencia.
He allí el porqué de no poder llamarnos cristianos cuando las construimos y/o no las derribamos. Cuando las buscamos como solución de nuestras ambiciones o temores.
Así como Josué lleva a su pueblo a la tierra prometida y le dice que grite con todas sus fuerzas al sonar de las trompetas para derribar las murallas de Jericó y poder pasar, igual Jorge Bergoglio diez mil años más tarde nos dice griten con todas las fuerzas de su corazón para derribar las murallas que nos impiden llegar al cielo, la tierra final y prometida de los que nos llamamos cristianos.
Lo demás es pura ilusión y malos sueños de poderes pasajeros.
El autor es médico.