Emulando el célebre anuncio de 1984, del expresidente estadounidense Ronald Reagan, llamado Mañana en América, recientemente el joven senador y precandidato presidencial de origen cubano Marco Rubio hizo público un “spot” con precisamente el mismo nombre.
Sin duda, tanto las imágenes como el mensaje de dicho anuncio llenan al espectador de una esperanza refrescante, en medio de lo que ha sido una precampaña sucia, saturada de insultos y de golpes bajos, provenientes —sobre todo— de cierto magnate neoyorquino de cabello muy chistoso.
Y según lo que se ha visto hasta ahora, Marco no solo es la estrella ascendente del “establishment” del Partido Republicano, sino que el único precandidato que de manera realista podría detener el rápido avance que está teniendo Donald Trump en las primeras etapas de la carrera hacia la Casa Blanca. Para ello, el senador por la Florida tendría hasta el 15 de marzo, dado que, de continuar como hasta ahora, para entonces Trump podría haber obtenido suficientes delegados como para convertirse virtualmente en el candidato republicano oficial.
El momento clave para Marco, sin duda, se dio la noche del 25 de febrero durante el último debate presidencial en Houston, en donde Rubio demostró dos cosas: que el arma que funciona mejor contra Trump es usar ráfagas de humor con el objeto de caricaturizar a “El Donald”; y por otro lado, que al ser contrastado con una narrativa optimista, se logra que el pintoresco hombre de negocios aparezca cínico, cansado y amargado.
Con justa razón algunos analistas coinciden en que Marco es el Barack Obama del partido republicano, considerando las evidentes similitudes entre ambos, como por ejemplo que el ahora presidente demócrata también realizó su campaña siendo aún —como Rubio— un senador en su primer período; y debido a la juventud, carisma e innegable encanto que ambos poseen, características que podrían llenar de expectativas a la mayoría de las bases del partido, en vista de que con el 40 por ciento monolítico de republicanos furiosos que tiene asegurado Trump, no hay mucho que se pueda hacer.
De hecho, el mismo Marco es el mejor posicionado según las encuestas para vencer a la cuasi-nominada demócrata Hillary Clinton, quien le teme más al senador Rubio que a cualquier otro precandidato republicano debido a que se ve mucho más desgastada y falta de credibilidad a su lado. Sin embargo, para poder llegar a la nominación republicana, Marco cuenta con apenas un par de semanas para convencer al 60 por ciento del electorado republicano de que, como dijimos al principio, es el único que puede ser una alternativa viable frente a Donald Trump.
Ahora bien, en cuanto al millonario neoyorquino, hay que ser objetivos y reconocer que podría estar impulsando una campaña que sea música para los oídos de quienes se sienten desplazados por el sistema político imperante, pero que luego piensa hacer caso omiso de esos mismos electores furiosos que ahora lo apoyan. Aunque eso nadie lo puede asegurar, lo cierto es que su mayor problema no es su mensaje en sí (racista, xenófobo y odioso), sino su personalidad volátil y, en consecuencia, destructiva.
Pero bien, a estas alturas del partido no cabe preguntarse cómo es posible que un charlatán como Trump esté a punto de convertirse en el candidato oficial de uno de los dos partidos más grandes de los Estados Unidos. Lo que más bien debiéramos hacer todos alrededor del mundo es rogarle al cielo y a las estrellas que aún sea factible que un día amanezcamos con un personaje refrescante como Marco Rubio al frente de la casilla republicana. Porque de lo contrario, podría la mayor economía del mundo quedar a la puerta de un ocaso apocalíptico provocado por un inestable empresario llamado Donald Trump.
El autor es secretario Nacional de Juventud-FDN.