Las dos primeras en reflejar con bastante fidelidad la voluntad popular nicaragüense fueron las supervisadas bajo la ocupación norteamericana: la de 1928, ganada por Moncada, y la de 1932, ganada por Sacasa. Las cuatro siguientes, con sus respectivos ganadores fueron: 1990, Violeta Chamorro, bajo supervisión internacional; 1996, Arnoldo Alemán; 2001, Enrique Bolaños; 2006,
Daniel Ortega —racha excepcional— que terminó con el fraude masivo de las elecciones municipales de 2008.
Quizás podría considerarse, como séptima elección aceptable, la que Somoza-García ganó en 1950, a Emiliano Chamorro, ya que la oposición, incluyendo LA PRENSA, la consideró relativamente limpia. El resto de las elecciones no merece el beneficio de la duda. Desde la independencia en 1821, hasta el fin de la guerra nacional en 1857, los jefes de Estado fueron cambiados por guerras, asesinatos, o comicios controlados e irregulares. Durante la república conservadora (1857-1893), los granadinos ganaron todas las elecciones, pero estas eran limitadas a unos pocos electores que debían poseer ciertos recursos y que votaban en circunscripciones electorales que no representaban equitativamente a los pobladores del país.
Zelaya introdujo el voto universal, pero solo en papel. Durante sus 16 años (1893-1909), sus reelecciones se debieron a decisiones de una Asamblea sumisa y en dos ocasiones ganó como candidato único. Durante el regreso de los conservadores (1909-1927), la libertad electoral se vio restringida al vetarse la participación de los zelayistas (liberales), y estuvieron plagadas de irregularidades.
Dos de sus presidentes, Emiliano Chamorro —electo como candidato único— y Bartolomé Martínez, rechazaron la observación electoral propuesta por Estados Unidos como “contraria a la soberanía nacional” —pretexto típico y perverso de quienes temen la transparencia—.
Con Somoza García (1936-1956), su prolongada presidencia tuvo de cómplice dos golpes de Estado, marrullas constitucionales y fraudes electorales; el más famoso el de 1947, en que hizo ganar a su candidato Leonardo Argüello, a quien después derrocó. La última elección fraudulenta de la dinastía somocista fue la de Anastasio Somoza Debayle, en 1974. Fue testigo su hijo, Anastasio Somoza Portocarrero, quien reveló sus pormenores y consecuencias al periodista Fabián Medina:
“…no estuve de acuerdo con la trama que se armó para la elección del 74, que quizás fue uno de los momentos seminales del volcón que dio una gran parte de la sociedad de Nicaragua… porque por primera vez el pueblo de Nicaragua viene y vota por dos papeletas. La misma gente que votaba por el General votaba por el (candidato a alcalde) conservador. ¡Y tenían toda la razón, si había candidatos liberales que ni yo hubiera votado por ellos! Cuando vienen los resultados va entrando ahí… Cornelio Hüeck, (presidente del Congreso) y… enfrenta al General y le dice que cómo es posible que va a permitir que haya resultados electorales que reflejan que él gana y el partido pierde… “Yo voy a causar una rebelión del partido si usted permite que esto pase”. Y pone al General contra la pared… El resultado de esa jugarreta causó que todos los alcaldes conservadores dijeran que “con esa gente no se puede hacer trato. No se puede jugar el juego. Eso fue mortal”.
Efectivamente fue mortal; para la paz y su familia, como lo ha sido tantas veces en nuestra historia. La fatal propensión a trampear en los comicios no ha sido gratis: ha sembrado las semillas de sangre y conflictos que explican gran parte de nuestra pobreza y atraso. ¿Aprenderemos algún día?
El autor fue ministro de Educación y rector de Ave María College.
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