De niño, a pesar de haber sido criado en un hogar que no era machista (mi padre cocinaba muy bien, aunque solo en ocasiones y fiestas), la influencia de la época fue muy relevante. Si me aparecía a la cocina era para probar algo o pedir algo de comer, a diferencia de mis hermanos menores, quienes llegaban a la cocina a medianoche cuando no había nadie que les atendiera, calentaban o cocinaban si tenían hambre.
La vida me enseñó que tenía que aprender a cocinar o comer mal. Después de muchos experimentos, buenos y malos, logré al menos aprender a cocinar algunos alimentos que me gustaban y me permitían subsistir sin tener que depender de otros o comprar los alimentos ya elaborados.
Recuerdo que en ese tiempo, de mi niñez, al que le gustaba la cocina era considerado afeminado, la cocina era cosa de mujeres, pero nunca evadí la cocina por ese temor. La verdad es que no me atraía en lo absoluto, no eran ninguna de mis prioridades, ni siquiera pensaba en ello; una de mis cuñadas, cuando mi madre se fue para Estados Unidos, expresó que ahora sí me iba a casar al no tener a mi madre conmigo ya que no tendría quién me cocinara, cuidara la casa y lavara la ropa. Un amigo me lo dijo y yo le comenté, qué poco me conoce la cuñada, si necesito esos servicios, los pago, una mujer en la vida no es una empleada, es una compañera, una amiga, una amante.
Tiempo después y luego de vivir en varios países obligatoriamente aprendí a cocinar por lo menos lo básico, poco a poco fui aprendiendo que la cocina es un arte, una ciencia y un deleite.
Mi estadía en Florencia, Italia, por varios meses, me enseñó muchas cosas, una de ellas, además del amor al arte, la literatura, la ciencia y sobre todo la pasión por el arte culinario. Al inicio no podía comprender ese amor de los italianos por la cocina, uno viaja en el tren, el metro, el bus, a pie y en todos lados el tema obligatorio son la mejores recetas de cocina. Cómo es posible decía, que solo piensan en comer.
Posteriormente hice amigos italianos y me di cuenta que entre amigos, cuando se reunían volvía el mismo tema, la cocina, y se discutía e incluso se votaba quién era el que iba a cocinar. A diferencia de este país, donde el que cocina es el castigado, allá el designado a la cocina es el privilegiado y obtiene el mayor honor que puede existir y el resto de amigos se convierten en ayudantes del chef. Y algo bastante usual, el que gana cuando están entre amigos, es el que ofrece el mejor menú.
Comprendí entonces por qué en Italia existen restaurantes que tienen un menú que no repiten la misma receta diaria en todo el año, la diversidad de platos por región, ciudad y barrio.
Aprendí que la cocina no es una obligación tediosa y aburrida, no tiene género, ni clase social, sino que es un arte, una ciencia y una pasión.
El autor es abogado.