Tres percusionistas de la Orquesta Sinfónica de Detroit, uno de ellos nicaragüense Andrés Pichardo Rosenthal, y los otros: Joseph Becker y Jeremy Epp, vistieron de colorido a la gravedad instrumental —acróbatas manuales— en la ejecución de las más atrevidas complejidades de la “isorritmia”, de la horizontalidad en la tabla musical en el trío.
Compartido en un concierto donde los integrantes justificaron la imagen de ser solistas en instrumentos diseñados para ser factores de acompañamiento y no protagonistas del recital melódico.
La acción fue el preludio de la temporada sinfónica que Ramón Rodríguez nos anunció con motivo de los preparativos para el resto del año en homenaje al bardo supremo Rubén Darío.
En el concierto la Orquesta Sinfónica, cuyo nombre lleva el genio, sirvió como base estable, constituida con el aditamento fraterno de nueve jóvenes centroamericanos, hondureños y costarricenses invitados para la ocasión, pasos en la primavera para idealizar la meta de la consagración, incluido el director Jorge Gustavo Mejía con lo cual se le dio titularidad, categoría de Sinfónica a la Orquesta, lista según el maestro César Bermúdez —uno de los forjadores del talento naciente— para responder al rigor previsto para la planificación de una agenda, de firme duración.
Los percusionistas fueron leales, se sujetaron a su posición de acompañantes situándose en el fondo para ser complementarios del resto de los ejecutantes de la enriquecida creación.
Cuerdas, vientos, metales (Ramón Rodríguez dentro de la orquesta priorizando su temperamento de músico vocativo) en la interpretación de tres piezas que pintaron la gama cambiante de la conga del fuego nuevo, del huapango, del danzón número dos en la luminiscencia rítmica que hizo lucir a los percusionistas.
Nos fuimos solazados por las perspectivas y más cuando en el cierre, la concesión de un exquisito caramelo puso en “prestisimo” la velocidad instrumental puesta en El solar de Monimbó de Camilo Zapata.