Con apenas tres años de edad más que quien esto escribe acaba de morir, aureolado del mismo misterio que fue su vida, David Bowie, uno de los ídolos más rutilantes de nuestra juventud.
David Jones (su verdadero nombre) no posee la resonancia artística y mediática del mítico John Lennon, que tanto junto con su grupo, como a título individual se convirtió —especialmente tras su muerte— en referente obligado de la cultura de masas. La inspiración genial de Bowie, su búsqueda de nuevas sendas para el pop y ese reinventarse a sí mismo en cuerpo y alma en cada nuevo disco, lo eleva a la categoría de músico de culto para millones de seguidores en todo el mundo. David Bowie nació en 1947 en Londres y es obligado para mí, como dramaturgo, airear que su carrera comenzó en el teatro a las órdenes del legendario Lindsay Kemp.
Su imagen, fue una permanente metamorfosis, pareja con su música, que se vistió de personajes maravillosos e imaginarios, siempre a punto de bajarnos las estrellas de un firmamento que a través de él se convirtió en algo tangible. Gozó de encarnaciones como Ziggy Stardust, Alladine Sane o The Thin White Duke. Y efectivamente fue conocido como el Duque Blanco en contraposición y homenaje a Duke Ellington, el gran duque negro.
Como curiosidad, y por la frecuencia con que programan esa canción en las radios de Nicaragua, Bowie fue casado con Angie Barnett, la musa que inspiró a los Rolling Stones la canción homónima. Desde 1988 estaba casado con la modelo y actriz negra Iman. Estos matrimonios no han impedido las especulaciones sobre su sexualidad multipolar, apoyada por su andrógina y equívoca imagen de juventud. Es parte de la edificación del ícono y como tantos otros aspectos de su vida, siempre quedará rodeado de misterio.
De lo que no cabe la menor duda, y ahí están sus discos como testigos sónicos, es que se trata de un músico de talla universal, de creatividad original y desbordada; irrepetible.
Tuve la suerte de verlo nunca en directo, pero sí tuve la fortuna de ver actuar a dos satélites de Bowie, que reflejaban su luz caleidoscópica, que luego harían brillar con luz propia: al oscuro y melancólico Lou Reed y al dinámico y dinamitero Iggy Pop. Y puedo asegurarles que ambos dejaron en mí un imborrable recuerdo y la nostalgia del imposible encuentro con el con el inspirador de aquellas luces.
Hoy resuenan en el cosmos los compases de su “Odisea Espacial”, una canción que desde su composición en 1972 ha llegado intacta, fresca y vigente a nuestros días.
Una melodía retransmitida en la órbita inmutable de los cuerpos celestes que, con lágrimas de fuego y en lluvia de estrellas fugaces, dibuja en el infinito su original e interestelar luto, su pesar por la muerte del poeta.