Jorge Eliécer Rothschuh
A mi hermano Guillermo
Aeropuerto Internacional Augusto César Sandino.
Managua, Nicaragua. Carretera norte.
Estoy sujeto a un paisaje.
Fugo la mirada hacia el centro de la capa de asfalto.
Deslizamiento aéreo sobre brecha canalizada por tratos
y contratos güegüenses: endeudamiento histórico.
Chamorro-Bryan es la herida. La metáfora se vuelve
metástasis recurrente, panorama caribe
sobre deuda caribe, de cielo limpio y gris lacustre
con verdosidades ecológicas entre lagos y volcanes.
Papá pepe pito papaya pipito. Mamá ama a Papá.
Revolución se escribe con R de Carlos.
Casas azules, rosadas y amarillas…
Blue, pink and yellow hauses… (Salomón 1:1)
¿La Casa Amarilla fue consumida por llamas purificadoras?
(“ahí las mujeres pobres llegaban a coger por dinero”)
La primavera sigue, no se detenga, continúe.
Aún faltan varios inviernos.
Chorro de chinameros en Tipitapa se orillan al pavimento.
El tiangue carga numerosas etnias, sobrevive colgado
al letrero del escriba oficial: Espino Negro.
Hora cero: “Moncada estaba entregando las armas”.
En el empalme San Benito la mancha urbana crece.
El desparpajo irakí acosa de sol a sol su clientelismo.
La caravana pasa en busca del tiempo perdido,
del paraíso perdido, de la historia perdida.
Juigalpa, El Rama, La Guinea, Morritos, San Carlos…
al final de la ruta la campesina Francisca Ramírez protesta
junto a colonos que defienden sus tierras.
Llanerías de Ostocal. San Jacinto, Patricio Centeno,
Andrés Castro y José Dolores Estrada sobreviven.
“Si la patria es pequeña, uno grande la sueña”.
La piedra de Andrés entró en la cabeza del filibustero,
ahora vive alerta en la estatua de Edith Grön.
Abrazan angelismo predicador caseríos sumidos en desgracias.
Atentos a esa glorificación nuevos héroes arden altares,
proclaman la derrota de las tinieblas en beneficio de la Nación.
La escaramuza política en Nicaragua sigue, la lucha es bíblica.
Bélica o luzbélica. El mismo deterioro.
Desde que encomenderos españoles y gringos irrumpieron,
el discurso inmortal proviene del pecado.
Atravieso el Malacatoya. La corriente va hacia el Gran Lago.
Vuelo de garzas arrastran su velo sobre superficie
de lirios acuáticos. ¿Cazan insectos o pececillos?
Despiertan las lavanderas la somnolencia de la ribera
y la melancolía del pescador va más allá del jalón del anzuelo.
Busco los madroños que honran mi niñez, gozo la corriente
placentera del río, el vuelo de los pájaros, el rumor intemporal
de las chicharras que raspan en mi mente una misma canción.
Siento el atardecer que tienta recogimientos ancestrales.
La carretera hiere, corta la sombra, deshilacha la brisa.
Bajan los ríos de las montañas asentando su cauce
en el embalse “Las Canoas”. Se represan las aguas
y se apresan campesinos perseguidos por finqueros.
Bajan las aguas de El Barco y El Malacatoya a encontrarse
en “Las Canoas” y huyen los campesinos de Germán Saborío.
Hasta hoy el paisaje es el mismo. La gente sin memoria
y sin tierra y sin aguaje se quedó amasando el pasado.
Pescan mojarritas y chulucas, limpian sus colmenas.
En Teustepe los cerros se alejan y las piedras brotan
del suelo primigenio; matorrales crecen sobre la tierra
indiferentes a la llegada de las lluvias.
El general Gregorio Valle aquí casó a mis padres.
En el empalme de Boaco comimos güirilas con cuajada.
El viento tibio comienza a sentirse entre el verdor
de genízaros, guanacastes, quebrachos y guapinoles.
Palomas alas blancas y azules cada vez estàn más cerca
entre nosotros. La necesidad domestica. Arriba, revolotean
las “tijeretas”, confirmando que el cielo azul aún existe.
En San Francisco un peñón, el Cuisaltepe, alza su calva
ardiente de sol perenne y luna primeriza.
En Tecolostote montan toros, beben guaro, gritan, gozan,
cantan, vomitan, defecan y orinan carnavalismo patronal.
Mientras el puente —solemne y bondadoso— tiende su acero
para curar la falla tormentosa de precipitadas cañadas.
San Lorenzo es estampa congelada. Se destiñe la sombra política
del huidizo cadejo Emiliano Chamorro. El escenario decadente
no conserva la huella de los pactos. Solo queda la casa donde llegó
Somoza Viejo —mamotreto entreguista— para satisfacer al revoltoso.
La macabra ambición no se olvida. Se repite.
En Cuisalá vivió el poeta Robleto. Tiempos aquellos de églogas
bucólicas y silvas generosas. Pasa el río bajo el puente, pasa.
En Las Lajitas, empalme con Cuapa, confluye la bendición
del beato Bernardo. Ella vino. Él la vió: platicaron.
Queda el bañadero “El Salto”: piruetas de clavadistas, marquetas
de hielo, abundancia de ocio refrescante, paseo de enamorados.
Dejamos la curva “La Chancha” y “La Cantera” para entrar a Juigalpa.
Ahora sigo por la inolvidable calle Palo Solo. Llego a casa.
Managua-Juigalpa / 3 de enero de 2016