Al presidente colombiano, Juan Manuel Santos, algunos de sus críticos lo han llamado irenista porque según ellos quiere lograr la paz con las FARC a cualquier precio. Es que las personas para quienes la paz es un valor supremo que está encima de todo, inclusive de la justicia, la verdad y la libertad, son llamadas irenistas.
En realidad, lo que dice el Diccionario Enciclopédico de Derecho Usual, de Guillermo Cabanellas, es que irenista es el “pacifista apasionado; entusiasta creyente en la paz entre los pueblos”. La Iglesia católica calificó como irenismo una herejía que fue condenada por el papa Pío XII en su encíclica Humani Generis, en la cual se dice que (el irenismo) representa un peligro muy grave porque se oculta bajo la capa de la virtud del pacifismo. Después el Concilio Vaticano II decretó que “no hay nada tan ajeno al ecumenismo como ese falso irenismo que daña la pureza de la doctrina católica y oscurece su sentido genuino y cierto”.
La noción de irenismo viene de Irene, la divinidad griega de la paz. Irene (Paz) es una de las tres Horas, siendo las otras dos sus hermanas Eunomía (Orden) y Dike (Justicia). Son hijas de Zeus y Temis y representan las tres grandes virtudes de la convivencia humana que son la paz, el orden y la justicia.
Las Horas desempeñan diversas funciones. Ellas amamantaron a Hera, la hermana gemela de Zeus a la que seduce mediante un engaño cuando ya es adulta y después la hace su esposa. Las Horas recibieron a Afrodita, cuando la diosa de la belleza femenina y del amor erótico nace entre las aguas y las espumas del mar; y luego la acompañan hasta la isla de Chipre a donde es conducida por el suave soplo de Céfiro (el Viento).
Las Horas también forman parte del séquito de Baco, el dios de las vides y el vino. Son compañeras de Perséfone, la hija de Demeter que es raptada por Hades para hacerla su esposa y reina del inframundo. Acompañan a Pan, el dios de los bosques, cuando vaga en busca de amores. Agrupan las nubes para que hagan llover y las disuelven cuando ha llovido lo suficiente. Son custodias de las puertas del cielo y se ocupan de enganchar y desenganchar los caballos de la carroza de fuego de Apolo, el dios del sol, quien sale todos los días para hacer su recorrido por el cielo desde que Aurora alumbra la luz del amanecer, hasta que las Hespérides comienzan a tender la penumbra del atardecer que antecede a la oscura noche.
A Irene (la Paz) se le representa como una mujer joven y hermosa que lleva en sus manos una cornucopia (cuerno de la abundancia) y carga en sus brazos a Pluto, el dios niño que representa la riqueza. El significado de esta imagen es, al parecer, que la paz y la concordia hacen posible la prosperidad.
Irene tenía como animal simbólico la paloma y era la única divinidad —o en todo caso una de las muy pocas— a la que no se le hacían sacrificios sangrientos. O sea que no se mataba ni se derramaba la sangre de animales para honrarla, como se hacía en los templos y altares de los otros dioses para rendirles culto, tranquilizarlos y pedir su protección.
Los romanos adoptaron a Irene con el nombre de Pax y la hicieron una de sus diosas más importantes. Le levantaron muchas estatuas y construyeron un hermoso templo en honor de la Paz.
En ese templo se reunían las personas para resolver sus disputas armoniosamente. Pero también llegaban los enfermos para que la diosa les ayudara a recuperar la salud, pensando tal vez que el bienestar físico y mental es también una forma muy importante de vivir en paz. Después el templo fue convertido en Foro de la Paz, en homenaje a la “pax romana” impuesta por el imperio en los territorios conquistados y avasallados.
En el santoral de la Iglesia católica hay una santa de nombre Irene, hermana de otras dos santas: Ágape y Quionia, nombres que significan Amor y Pureza. Las tres hermanas santas fueron martirizadas en Tesalónica, Grecia, en tiempos del emperador Dioclesiano porque se negaron a renegar de su fe cristiana.