Magdalena de Rodríguez

Rubén Darío y sus olímpicas iras

Fue Darío un hombre tímido y apacible, según sus biógrafos contemporáneos. En las tertulias literarias se comportaba silencioso y distante. También leemos en ellos que no pasaba mucho tiempo cuando ya Rubén era el centro de atención. Atraía sin pretenderlo.

No era el milagro del genio, ni de la fama, sino una extraña atracción, una especie de fuerza magnética, la que impulsaba a todos hacia él. Lástima grande que en aquel tiempo los estudios parapsicológicos estaban solo iniciándose.

También escriben algunos de sus contemporáneos que sus pupilas eran retractiles. Brillaban y se apagaban al compás de sus emociones. El poeta nicaragüense Santiago Argüello decía que eran “fugas de luz del espíritu”. Otros lo describen como físicamente inexpresivo. Díaz Plaja dice que en el rostro de Darío solo tenían vida las aletas de su nariz que palpitaban, se contraían e inmovilizaban sucesivamente.

El escritor y periodista Francisco Hueso, cronista de planta del diario El Comercio de Managua, narra en su libro Últimos días de Rubén Darío los incidentes profundos y tristes de la vida del poeta del 15 de noviembre de 1915 al 6 de febrero de 1916.

Fueron Darío y Hueso amigos de juventud, compañeros de correrías por Managua, cuando Rubén era solo una promesa. Ya declinante, enfermo y delirante, “cargado de laureles y desengaños” se recrea la intimidad entre los amigos. Darío está alojado en casa de los Murillo en Managua, porque la esposa Rosario Murillo viajó a Guatemala donde el poeta se encontraba procedente de Nueva York y lo repatrió ¿Reconciliación, soledad, resignación? No lo sabemos. No lo sabremos jamás. Rubén Darío estuvo con Rosario Murillo en los días postreros de su vida.

En dos ocasiones, cuenta Hueso en su libro, se abandona Darío a la cólera, deja fuera la paloma mansa y dulce que lo habita y aparece el milano. Es el 17 de diciembre. Darío está furioso porque el poeta Manuel Maldonado a quien estima, al extremo de haber intercedido un día, ante el presidente de la República para obtener la libertad de la prisión que sufría Maldonado por motivos políticos, no ha llegado a visitarlo, ni a darle las gracias por el favor recibido. Escribe Hueso que Rubén profería improperios y amenazas terribles contra Maldonado. Le fulguraban las pupilas, parecía un dios herido. Era un Zeus tonante: “Tengo ahora los instintos de Barba Azul. Conmigo nadie juega…” decía exaltado. Poco a poco se calmó y al rato le dijo a Hueso, “si le dices algo que sea por tu cuenta. Sucede que le tengo algún cariño y me desagrada su conducta”.

Otra furia olímpica de Darío narrada por Francisco Hueso, en la mencionada memoria, ocurrió el 4 de enero de 1916. El motivo: haber recibido del Gobierno doscientos dólares, a cuenta de mayor cantidad. Cuando el amigo lo felicita, “doscientos dólares no vienen mal” —dice— Darío monta en cólera: “Para ti, para Manuel Maldonado, para Santiago Argüello, para Luis Debayle, para todos los que viven en la Papoasia, esa suma puede ser suficiente, pero has de saber que yo no soy nacatamalero como ustedes…” El gobierno le debía 12,000 dólares por salarios atrasados de cuando fue ministro de la Embajada nicaragüense en España.

Es particularmente conmovedor un episodio vivido con Darío y narrado por Hueso en la casa de los Murillo el 25 de diciembre de 1915. “Felices pascuas” le deseó el amigo a Rubén que tenía los ojos fijos en un sitio del cuarto. Siguió la dirección de la mirada, sobre un libro de cubierta roja alcanzó ver un pequeño crucifijo de plata. Darío estaba en cama y al lado de la almohada se veía un libro abierto. “¿Qué lees?, pregunta Hueso. “—Acabo de leer a Enrique Ibsen, responde— Son interesantes su dramas Cuando Resucitemos y Juan Gabriel. Tienen frases que condensan mi doloroso destino y que quisiera ver escritas a los pies de mi lecho en momentos de morir”. ¿Cuáles son las palabras de Ibsen? —pregunta Hueso— “Helas aquí, son del drama Juan Gabriel: Has matado mi vida para el amor…. ¿Lo entiendes? La Sagrada Escritura habla de un pecado misterioso para el cual no hay redención. No comprendía yo que pecado era ese que no podía ser perdonado; ahora ya lo sé. El crimen que no puede borrar el arrepentimiento, el pecado que la gracia no alcanza… lo comete quien mata una vida para el amor”. Y prosigue Hueso. No me explicó nada. Guardó impenetrable silencio, de suerte que no supe si aludía a algún pasaje de su vida en Europa o en América.

Si el amigo no supo a cuál episodio de su vida se refería Rubén, nosotros sí lo sabemos un siglo después. En el poema dedicado a Francisca Sánchez estaba la respuesta: “Hacia la fuente de noche y olvido/ Francisca Sánchez acompáñame”.

LA AUTORA ES MAESTRA.

COMENTARIOS

  1. Günther Schmigalle
    Hace 11 años

    “El crimen que no puede borrar el arrepentimiento, el pecado a que la gracia no alcanza… lo comete quien mata una vida para el amor“. Estas palabras se refieren a Andrés Murillo, el hermano de Rosario Murillo y autor del casamiento forzado que arruinó la vida sentimental de Darío. Edelberto Torres, que cita este episodio tomado del libro de Francisco Huezo, lo dice claramente: “Como la arenilla atraída por el imán, su mente y la de Huezo piensan en el cuñado que ninguno nombra en un silencio que grita” (Edelberto Torres, La dramática vida de Rubén Darío, San José: EDUCA 1980, página 903).

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