La Virgen de los Cristianos

Alo largo de mi larga vida me he encontrado con muchos amigos cristianos —no católicos— manifestando cierto desagrado hacia la madre de Jesús. Dicen que ello es debido a las exageradas manifestaciones de devoción hacia ella (rayando en la idolatría) y que además, María es solo la madre de Jesús-hombre pero no de Jesús-Dios. Yo […]

Alo largo de mi larga vida me he encontrado con muchos amigos cristianos —no católicos— manifestando cierto desagrado hacia la madre de Jesús. Dicen que ello es debido a las exageradas manifestaciones de devoción hacia ella (rayando en la idolatría) y que además, María es solo la madre de Jesús-hombre pero no de Jesús-Dios.
Yo sinceramente creo que no hay católico —por ignorante o despistado que sea— que crea que María es una diosa, aunque sé y admito que por el enorme amor que muchos le tienen —en especial en Nicaragua— sus manifestaciones parecieran las de adoración.

Y yo les digo a mis amigos que aunque crean que María es solamente la madre de la mitad de Jesús (y no de un ser único, como creemos los católicos), no merezca nuestro cariño —y por supuesto nuestro respeto—. ¿Qué hijo no se siente herido cuando rechazan o irrespetan a su madre? ¿Y qué hijo no se complace cuando le manifiestan cariño a ella? Este solo hecho —yo creo— amerita el cambio de apreciación y de expresión de esos amigos míos (de quienes vale la pena agregar, muchos son excelentes cristianos). Creo que más bien deberían apreciar y admirar su formidable humildad dentro de su clarísima conciencia del privilegio de Dios a ella al escogerla como madre de su Hijo, como cuando declara: “Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso, Santo es su nombre y su misericordia alcanza de generación en generación a los que le temen…” (Lucas 46:50). ¡Qué feliz me sentiría si supiera que por lo menos un hermano evangélico comience a apreciarla y llamarla bienaventurada gracias a estas insuficientes líneas.

Pero hay algo más importante aún (porque estoy seguro que ella no quisiera ser nunca piedra de tropiezo para la unión de los cristianos) y es precisamente eso, que por estarnos centrando en las pocas diferencias que nos separan estamos los cristianos abonando a esa división, impidiendo que el mundo crea que Jesús es el enviado del Padre y que Él nos ama como ama a Cristo.

A continuación, las propias palabras de Jesús sobre esto por medio de Juan 17:20-24: “No ruego solo por estos, sino también por aquellos que por medio de su palabra, creerán en mí, para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno: Yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno, y el mundo conozca que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí”.

Estoy consciente que, al más alto nivel, los líderes de muchas denominaciones cristianas se están reuniendo, están orando juntos y están logrando definitivos avances en tan necesaria unidad, pero siento que poco se está haciendo en nosotros, las bases, y que mientras el pueblo de Dios, no cambiemos de corazón y de actitud, la desunión seguirá, quién sabe hasta cuándo.

Querido lector, si querés oír más sobre el ecumenismo a nivel de personas comunes y corrientes como yo, leé mi próxima reflexión el próximo sábado en esta sección de LA PRENSA.

EL AUTOR ES COORDINADOR DE LA CIUDAD DE DIOS
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