Este país está enfrentando desafíos de gran magnitud, que se manifestarán con toda su fuerza en las próximas dos décadas y están representados por tendencias con efectos irreversibles.
1. El proceso de transición demográfica ha alcanzado un punto de inflexión en el que la población en edad de trabajar desacelerará su crecimiento, mientras que la población mayor de 60 años comenzará a crecer con gran rapidez. Los adultos mayores pasarán de representar el 7.8 por ciento de la población, al 14 por ciento en alrededor de 15 años: este tránsito le tomó a Francia 115 años.
Si la fuerza de trabajo nicaragüense sigue siendo absorbida de manera predominante por empleos de muy baja productividad, la declinante población en edad de trabajar tendrá cada vez mayores dificultades para sostenerse a sí misma y a la vez sostener, de manera digna, al número en rápida expansión de adultos mayores. Tampoco está claro cuál será el papel que podrá jugar en el mundo un país con bajísimos niveles de escolaridad, sin capacidad de asimilar, adoptar, adaptar y desarrollar el conocimiento y la tecnología.
2. El crecimiento agropecuario a costa de la frontera agrícola está llegando a su fin. Este avance se está traduciendo en la destrucción de los recursos naturales remanentes en tierras de las comunidades indígenas y dando lugar a graves conflictos interétnicos. Después, ya no existirá más frontera agrícola sobre la cual podría avanzar el crecimiento agropecuario.
En un contexto generalizado de sobre-utilización y degradación de los suelos, ello pone en cuestión el modelo de crecimiento depredador de recursos que predominó durante varios siglos. El cambio climático también afectará drásticamente.
3. La mayor parte de la población y de la actividad agrícola intensiva están concentradas en el Pacífico, y el agua de la cual se abastecen —agua para riego que representa las dos terceras partes, agua para el consumo humano y para otros usos— es agua subterránea extraída de los acuíferos.
La sobreexplotación de los acuíferos junto con las sequías recur
rentes y la deforestación impiden que estos se recarguen adecuadamente, más el crecimiento de la población y de la demanda de agua para riego y otros usos harán cada vez más difícil que estos acuíferos —que además son contaminados—, puedan seguir respondiendo a
una demanda incrementada.
Los esfuerzos que debería empeñar el país, desde ahora, para poder enfrentar con algunas posibilidades de éxito estos desafíos, serían de una magnitud extraordinaria. Sin embargo, nuestro país parece incapaz siquiera de comenzar a discutir, de manera mínimamente seria, estos desafíos, y las vías para hacerles frente.
Por parte de los funcionarios públicos ha habido dos tipos de respuestas retóricas. La primera ha representado un intento de descalificar estos análisis, calificánd
olos de catastrofistas, aunque sin capacidad de mostrar que son falsos o erróneos. La segunda ha consistido en afirmar que, del mismo modo que la actual generación está haciendo frente a los desafíos presentes, heredados de las anteriores generaciones, las generaciones venideras deb
erán ver cómo se las arreglan.
Todavía existen márgenes de acción para poder actuar sobre unos desafíos que, aunque de enorme envergadura, son predecibles, y pueden ser enfrentados mediante un esfuerzo nacional coordinado que tenga consistencia y duración en el tiempo. Cuando las actuales generaciones jóvenes se hayan convertido en la mayor parte de los adultos mayores del futuro, ya no habrá marcha atrás.
Si se va a actuar sobre estos desafíos, ha de ser hoy. No se puede esperar. Esa es nuestra responsabilidad colectiva, y no se puede ignorar más.
*Economista
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