Uno de las situaciones más comunes que se presenta durante las investigaciones de incidentes, es el de la falsa supervisión, entendida esta como un fenómeno con características muy particulares.
Consiste primeramente en que dentro de un equipo de trabajo que realiza una operación de alto riesgo operacional, debe existir fundamentalmente una persona que realmente supervise, no obstante, lo opuesto ha sido un precursor de numerosos incidentes, específicamente en las siguientes conductas:
Quien supervisa es un colaborador más en el equipo, no tiene ninguna formación distinta al resto, en lo relativo a las habilidades de supervisión de personal.
Realiza las tareas a la par de los operarios, en vez de dirigir, analizar, evaluar, motivar y asegurar la calidad de la labor realizada.
Conoce apenas igual, o a veces hasta menos que el resto del grupo, las operaciones que se están realizando.
Está motivado únicamente a realizar el trabajo de la forma más rápida posible, pero no necesariamente la más segura.
Carece de experiencia en las temáticas específicas sobre evaluación de desempeño, liderazgo, planificación operacional, desarrollo de objetivos y motivación.
Generalmente, tiene temperamento, porte y aspecto “de jefe”, más que de coach, lo cual implica inspirar temor, más que confianza, con poco sentido de colaboración y trabajo en equipo.
La parte importante es que en la práctica, la supervisión inadecuada es con frecuencia un factor verdaderamente atroz en el proceso de causación de incidentes, no solamente en el ámbito laboral.
Puede usted ver la reciente pelea boxística, por la que uno de los púgiles está en riesgo de muerte su pronóstico es reservado que en la jerga médica es la cortesía oportuna de “compre desde ya el ataúd y prepare la vela”. Sería interesante preguntar, ¿qué experiencia tenía el tercer hombre del ring?
Las argumentaciones que han aparecido en los diarios son infantiles y burdas, pero es en donde se debería preguntar qué formación profesional, válida, como tales, tienen las personas que permitieron que esa pelea continuara, puesto que es todo un proceso, en donde debiera haber autoridades médicas —que se presumiría también que debieron haber revisado profesionalmente y no por apariencias físicas— el estado verdadero y las implicaciones y consecuencias de continuar el combate. Pero así es aquí la vida, toda una oda, una excelsa y sonora Carmina Burana de la improvisación.
Un supervisor debe tener una formación específica y verificable, además de habilidades, actitudes y conciencia de su responsabilidad. Quien supervisa debe estar familiarizado con las fortalezas y debilidades de cada persona en su grupo de trabajo, y a formarlos continuamente motivando con refuerzos positivos, no en el vetusto enfoque del palo y la zanahoria.
Un supervisor deberá también ser un mentor y promover la comunicación efectiva de dos vías con aquellos que están de nuevo ingreso en el grupo de trabajo, debe estar consciente de los aspectos culturales que frecuentemente hacen que quien necesite saber, omita hacer esa pregunta clave que puede prevenir un percance, cediendo ante el temor escénico o a la chacota colectiva del escarnio o el ridículo de los demás, con las consabidas etiquetas como infradotado o poco inteligente.
Hoy existen cursos formativos en el área de seguridad operacional que pueden solventar esta brecha en este personal clave, que es la correa de transmisión de las instructivas gerenciales.
La responsabilidad de quien supervisa es vital, no puede refugiarse en establecer factores de causalidad en un incidente en los cuales no tenga una responsabilidad directa o indirecta, es por eso que la preparación y formación profesional de este puesto clave, es algo que no se puede dejar al azar. www.noalosaccidentes.wordpress.com
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