El horrendo ataque terrorista ocurrido en París el recién pasado viernes 13 de noviembre, en el cual murieron 129 personas y centenares resultaron heridas, había sido anunciado por los terroristas islamistas sin precisar la fecha.
Estado Islámico (EI) difundió el 22 de julio pasado un vídeo mostrando la ejecución de un soldado sirio por un verdugo jihadista, quien dijo en perfecto idioma francés que pronto cubrirían de cadáveres las calles de París.
Pero el problema no es solo de Francia. El terrorismo islamista es global. De hecho se trata de una nueva guerra mundial, solo que con modalidades distintas. Las dos primeras fueron entre ejércitos que se enfrentaban abiertamente y las víctimas civiles eran colaterales, pero ahora el atacante actúa a escondidas, emplea el terror individual y masivo y sus objetivos no son fuerzas armadas sino personas civiles pacíficas y desarmadas.
Pero aunque el terrorismo islamista es global, Francia es uno de los países más amenazados y atacados. Y a pesar de las cuantiosas inversiones y los enormes esfuerzos que hace para prevenir y combatir al terrorismo, sufre ataques mortíferos como el del viernes pasado.
En los últimos tres años Francia invirtió más de cuatrocientos millones de euros para incrementar las fuerzas de seguridad y mejorar los servicios de inteligencia.
Gracias a eso ha sido posible impedir más ataques terroristas. Pero la conspiración islamista es enorme. Alrededor de dos mil ciudadanos franceses han viajado a Siria o Irak para recibir entrenamiento terrorista y combatir en las filas de Estado Islámico.
Por lo menos trescientos han regresado a Francia y cada uno de ellos es un terrorista potencial que, ya sea aislado o en células operativas, está listo para preparar y realizar grandes atentados terroristas.
La verdad es que por muchos esfuerzos y recursos que se inviertan en la lucha contra el terrorismo, es sumamente difícil impedirlo porque los terroristas operan en las sombras y se ocultan en las extensas comunidades de musulmanes que hay en Europa.
Los líderes de esas comunidades juran que el Islam es una religión de paz y humanismo, totalmente ajeno al terrorismo. Y esto no lo aseguran solo los líderes musulmanes. En estos días, a raíz de la matanza terrorista en París, miles de creyentes islámicos han difundido mensajes en las redes sociales bajo las etiquetas “No en mi nombre” y “Soy musulmán”, asegurando que el terrorismo no es lo que el islamismo predica y propaga.
Pero aunque sea muy importante que los musulmanes pacíficos digan eso, no es suficiente. Para mostrar con hechos que el Islam es ajeno al terrorismo, ellos deberían colaborar activamente en la lucha contra los jihadistas. Los terroristas forman parte de las comunidades musulmanas, viven entre ellas, rezan en las misma mezquitas con los demás creyentes, se conocen muy bien unos a otros.
Si los musulmanes pacíficos actuaran y no solo hablaran contra los terroristas, estos no tendrían dónde ocultarse para planear y ejecutar sus terribles fechorías.