Carlos Alberto Montaner

La Iglesia y la pobreza

Aclarémonos. Creo que la Iglesia católica, hechas las sumas y restas, es una institución que ha sido beneficiosa para Occidente. Nuestro mundo no se explica sin esa huella moral judía, trenzada, además, con la civilización greco-romana de donde procedemos.

Tampoco se me ocurriría calificar a Bergoglio de comunista por decir las cosas que a veces afirma. Los papas dicen cosas tremendas. Pero repetir la frase de San Basilio (“El dinero es el estiércol del demonio”), como hace Francisco con frecuencia, o afirmar que el capitalismo mata (Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium), me parece un provocador exceso que no contribuye al mejor debate sobre la miseria humana.

La Iglesia ha practicado la caridad desde sus comienzos, y eso está muy bien, pero si se trata de erradicar la pobreza, o reducirla sustancialmente, el modo de lograrlo es creando las condiciones para que el conjunto de la sociedad, mediante el trabajo, consiga crear las riquezas que ello requiere.

Ese fue el camino tomado por varias naciones en la segunda mitad del siglo XX, como sucede con los cuatro dragones o tigres asiáticos —Taiwán, Singapur, Hong Kong o Corea del Sur— o con Israel, el “tigre semita”, como le ha llamado un periodista.

Pero para crear riquezas hacen falta empresas exitosas que generen bienes y servicios apreciados por los consumidores, y ese complejo fenómeno suele ser el resultado de una delicada combinación cultural entre la prevalencia de la ética de la responsabilidad, el impulso de los emprendedores, una mano de obra calificada, las necesidades del mercado, la existencia de una tensa competencia que mejora la calidad de la oferta, los recursos disponibles y la actitud y hospitalidad de la sociedad expresadas en su sistema político, en su modelo económico y en el modo con que perciben y tratan a los triunfadores.

La experiencia, y no los dogmas, nos han enseñado que ese fenómeno ocurre mejor en donde coinciden la democracia, el ejercicio crítico de la libertad, el mercado y los derechos de propiedad, como sucede en las 25 democracias liberales que encabezan la lista de los países más desarrollados. Es en esa atmósfera donde germina la riqueza de una manera más rotunda y decidida.

Es obvio que ese proceso de enriquecimiento individual y colectivo es imperfecto y está sujeto a marchas y contramarchas, a catástrofes naturales y a las creadas por el hombre, o a hallazgos e innovaciones que cambian el curso de los saberes y quehaceres, pero esa fórmula ha probado ser mucho menos mala que las otras empleadas hasta la fecha.

Por supuesto que el mercado también es imperfecto y hace o destroza fortunas, y la codicia crea burbujas que devoran grandes sumas de capital, pero, como sostenía Joseph Schumpeter, es gracias a ese “fuego creador” que la sociedad avanza en busca del progreso. Es verdad que el mercado, por decisión de los consumidores, incineró a Kodak, pero sus cenizas sirvieron para abonar a Apple o a Samsung.

Cuando el papa define que la dignidad de las personas se nutre de al menos tres tes (techo, tierra y trabajo), elementos a los que califica como derechos, supongo que su santidad Francisco estará consciente de que está “repartiendo” bienes futuros, todavía no creados, que cuestan una considerable cantidad de recursos y deben ser aportados o transferidos por otros trabajadores.

Si realmente existe el derecho a poseer una vivienda, los trabajadores, por medio del gobierno, deberán proporcionársela a toda persona o familia que quiera ejercer ese derecho, un esfuerzo considerable si tomamos el precio medio de Estados Unidos, cincuenta mil dólares por unidad.

Si todas las personas tienen derecho a la tierra, sucede algo parecido, pero aún más complicado porque el papa ni siquiera define el tamaño, la calidad y la ubicación.

Pero donde todavía es más absurda la propuesta es en el tema del derecho al puesto de trabajo. ¿En qué empresa y para servir a cuáles clientes? ¿Y si no hay beneficios, cómo se mantiene esa empresa y cómo paga los salarios?

Para que haya puestos de trabajo es indispensable que existan empresas privadas o públicas que los generen, pero para que ello sea posible esos empleos deben ser, cuando menos, necesarios y rentables.

Claro, el papa o la Iglesia pueden alegar que cuando hablan de derechos lo hacen para alertar a la sociedad sobre las necesidades de los pobres, pero lo que transmiten no es una advertencia razonable, sino un mensaje de “lucha de clases” que conduce a la frustración y a la certeza de que los que han conseguido vencer la pobreza y acumular bienes, son unos canallas avariciosos que mantienen deliberadamente en la miseria a una parte sustancial de sus conciudadanos.

En todo caso, una institución como la Iglesia que (al margen de difundir su respetable hipótesis de que Jesús es el hijo de Dios y regresará a juzgarnos), justifica su existencia en el ejercicio de la caridad, su principal tarea, siempre sostendrá la tendencia a creer que la calidad moral de una sociedad y el gobierno por ella segregado, se mide por la intensidad del gasto social y el compromiso con los menos favorecidos, pero sucede exactamente lo opuesto.

Una sociedad perfecta (que no ha existido ni existirá nunca) sería aquella en la que el gasto social sería cero, y la caridad y la compasión no resultarían necesarias, porque todas las personas y todas las familias podrían ganarse el sustento y costear una razonable calidad de vida con el producto de su trabajo.

Como sabemos que siempre habrá personas enfermas, desvalidas, o intelectual y emocionalmente incapaces de ganarse el sustento y contribuir al mantenimiento de ellas y de sus familia, es indispensable y moralmente justo que el conjunto de la sociedad les eche una mano, pero hay formas inteligentes de hacerlo sin crear lazos perpetuos de dependencia y sin convertir esas ayudas en formas de clientelismo.

Ojalá que más de dos mil años de continuados fracasos en la tarea de erradicar la pobreza le hayan servido a la Iglesia para comprender que una cosa (muy encomiable) es asistir a los pobres, y otra muy diferente erradicar la pobreza. En eso estamos todos.

El autor es periodista y escritor. Su último libro es la novela Tiempo de Canallas . ©FIRMAS PRESS.

Opinión Iglesia Católica pobreza archivo

COMENTARIOS

  1. Rud
    Hace 11 años

    Aunque en la historia algunas acciones de las religiones revuelven el estómago, en el balance final han ayudado al avance de la civilización en general. Estoy de acuerdo. Un par de observaciones: 1ro) El precio promedio de la vivienda en EEUU hoy dia es $188K dls., 2do) Lo que dijo el papa Francisco fué: «Idolatrar al dinero: es estiercol del demonio. Cuando el dinero se vuelve un idolo para el hombre, lo domina y entonces lo arruina y lo condena. El dinero al servicio de la vida puede ser justo…cuando no manda el capital sobre los hombres, sino los hombres sobre el capital». Esa expresión es atribuida a San Basilio hace 16 siglosy repetida por Francisco de Asis. Se dijo basado en el conocido versiculo de la Biblia «… es mas facil que un camello pase…que un rico…etc» refiriendose a la avaricia o amor al dinero o riquezas y no a toda persona adinerada. Hay muchos billonarios que han hecho mucho bien con sus fortunas (Carnegie, JP Morgan, Warren Buffet y Bill Gates por nombrar solo algunos). Lamentablemente cuando uno está en la miseria es dificil entender el concepto, sin embargo, no es necesario ser rico para ayudar al prójimo. Dios, como todo padre creador, quiere prosperidad ilimitada para todos sus hijos. Pero tenemos que aprender. Y allí es el meollo del asunto.

  2. el carolingio
    Hace 11 años

    Sr.Montaner;debe darsecuenta que ni la religion ni la politica sacaran a la humandad del dolor en la que esta inmersa. Saber la formula y luego dasela a todos fue la mission de Jesus (el que Cristifico). Pero ni los politicos y n excepcion de pocos religiosos

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