Antes de Harry Potter , tuvimos Escalofríos . La serie de novelas breves de horror para niños fue un fenómeno de ventas para la editorial Scholastic en los noventa y dio paso a una popular serie del canal de cable Nickelodeon. Ahora llega a la pantalla grande con el objetivo de reinventarse para una nueva generación. Desconozco la calidad de los productos previos, pero es evidente que la franquicia tiene mucho potencial.
Zach (Dylan Minette) y su madre, Gale (Amy Ryan) se mudan de Nueva York a un pueblo pequeño. El cambio está motivado por la muerte reciente de su padre. Rápidamente conoce a su vecina, Hannah (Odeya Rush), una muchacha que vive recluida en casa, bajo el control férreo de su padre (Jack Black). El hombre es R.L. Stine, el mismísimo autor de los libros de la serie Escalofríos . Guarda en casa los manuscritos originales de sus historias. Si estos llegan a abrirse, las criaturas fantásticas que encierran sus páginas se materializan en el mundo real. Una serie de equívocos y confusiones provoca la escapatoria masiva de las criaturas, liderada por Slappy (voz de Jack Black), un perverso muñeco de ventrílocuo. Las familias tienen que unirse para regresarlos a su prisión de papel y tinta.
En lugar de adaptar una historia de Escalofríos , los realizadores han optado por dramatizar un catálogo. Supongo que es una estrategia para resultar competitivo con otros productos taquilleros que asumen la hipérbole para complacer a la audiencia. En teoría, el espectador quiere cada vez más por su dinero. ¿Por qué usar un solo monstruo si dispones de decenas? Entiendo las condiciones de mercado que abonan esta decisión creativa, pero creo que reduce la efectividad de la película, al imponer una estructura episódica que no deja que las criaturas se definan como personajes, a excepción, quizás, de Slappy, que funciona como una especie de “gemelo malvado” del escritor.
En la ficción los monstruos operan como manifestaciones de nuestros propios miedos ante la mortalidad, lo impredecible de la vida y todas las angustias existenciales que pueda imaginar. La película los usa como vistosos agentes de violencia. No hay tiempo para la psicología cuando tienes que armar una aparatosa secuencia de acción con una mantis gigante destruyendo un gimnasio.
En la prisa, la película se despoja de la continuidad más básica. Los manuscritos necesitan una llave para ser abiertos, pero después del primero, otros abren mágicamente. Un personaje es atacado por un perro-vampiro, unas escenas más tarde, aparece completamente ileso. El comediante Ken Marino interpreta a un profesor de Gimnasia que corteja torpemente a la madre de Zach, pero los chistes se mueren porque el director apenas se preocupa por apuntar la cámara hacia él.
La salvación de Escalofríos habría sido Tim Burton, con su erudito conocimiento de lo siniestro. De hecho el equipo de producción incluye algunos de sus colaboradores clave: Danny Elfman es el autor de la música original. El guion corre por cuenta de Scott Alexander y Larry Karazsewski, quienes firmaron Ed Wood (1997) y Big Eyes (2014).
No me extrañaría que, en alguna etapa primaria, el proyecto haya sido ofrecido a Burton. Pero la película que ahora tenemos parece una imitación menor de su estilo. Es una pena, porque la trama tiene un refrescante sesgo pro creatividad y algunos guiños geniales —tome nota del homenaje a El Resplandor (Stanley Kubrick, 1980)—. No todos los días tenemos un héroe que debe escribir para salvar a la humanidad. Supongo que nada de eso le importará a un niño de 10 años que quiere asustarse sanamente en el cine.
Ver en la versión impresa las paginas: 19