Román “Chocolatito” González, la más genial aparición en el boxeo nicaragüense desde los días en los que Alexis Argüello provocaba pánico en el pugilismo mundial, avanzó en dirección hacia la grandeza y superó las expectativas de quienes estaban atentos a examinarlo, para descubrir si efectivamente es el mejor peleador del mundo.
A través de un recital de boxeo, en un escenario usualmente utilizado para conciertos, como el Madison Square Garden, Román mostró el fulgor de su autoridad, mientras demolía a Brian Viloria, noqueado en nueve asaltos, justo cuando el réferi Bengy Estévez vio la derrota y el cansancio asomando por los ojos del valiente hawaiano.
“Chocolatito” tuvo ritmo y rima en una noche poética, amenizada por sus mortíferas combinaciones de golpes y adornadas por su habilidad para esquivar, mientras inspiraba a la multitud con sus arremetidas y disparos desde ángulos inadvertidos, que entraron al cuerpo de Viloria, como cuchillo en silencio, que encuentra la carne desprevenida.
Román pulverizó las dudas sobre su grandeza. Está en la cumbre, pero con los pies en la tierra. No es perfecto, pero su boxeo no tiene fisuras. Y ahora que puede ver a Viloria a través de su espejo retrovisor, se abre hacia una perspectiva repleta de oportunidades para pelear con oponentes de más calibre, lo que ha de permitirle más dinero y fama.
Este pequeño gigante, nacido en el barrio La Esperanza de Managua, forjado a base de esfuerzo duro de su familia, pero con un talento especial, el cual él y sus entrenadores se han encargado de pulir, está preparado para sostenerse en la cima, para emocionar al país y para inspirar a los jóvenes, necesitados de ejemplos que les brinden un norte.
Dos días después de su magistral demostración en el Garden, aún puede escucharse su ritmo sobre la tarima, su electricidad a través del universo del boxeo y su brillo deslumbrante como estrella creciente de un deporte que se mide más en el mercado que en el campo de batalla. Pero “Chocolatito” es una esperanza, un aliento fresco.
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