Proseguimos el camino del discipulado, del seguimiento de Jesucristo. Paso a paso, el evangelista Marcos va describiendo las exigencias del itinerario de quien quiere seguir los pasos de Jesús: la fidelidad (Mc. 10, 6-9), la sencillez y abandono (Mc. 10, 14-15), se suma ahora, la pobreza, el desprendimiento (Mc. 10, 17-30).
El personaje que se arrodilla ante Jesús y pronuncia una pregunta radical: “Maestro bueno, que debo hacer para alcanzar la vida eterna”, nos sumerge existencialmente en el diálogo con Jesús. La pregunta es muy precisa, expresa el deseo fundamental de la vida plena. Es el anhelo absoluto del hombre de una vida sin fin y sin límites; toda persona siempre busca un “punto de apoyo”, busca sentido a la existencia en alguien o algo. El corazón humano siempre sirve y adora a alguien o a algo.
Quien se acerca a Jesús es un reflejo de nuestra experiencia de creyente, del anhelo de ser discípulos de Jesucristo. Descubrimos, por una parte, una intención de libertad y de bondad, latentes en el reconocimiento de Dios en la persona de Jesús: “Maestro bueno”, el apelativo de bueno afirma que en la persona de Jesús debemos ver la manifestación de la bondad misma de Dios. Además se palpa la búsqueda última del ser humano, es decir de Dios: “¿Qué he de hacer para tener vida eterna?”
La respuesta de Jesús desvela la otra cara de la moneda de quien se le acerca: actitud de esclavitud y lejanía del reino de Dios. Al imperativo del Maestro: “Anda, cuanto tienes, véndelo y dáselo a los pobres ” termina en el abandono del ímpetu inicial. Jesús deja claro que no se le puede seguir si no se da un desprendimiento. Se trata del tema del seguimiento y la riqueza.
Comúnmente se ha pensado la pobreza como un consejo evangélico para religiosos y religiosas, el contexto aquí es mucho más amplio, es para todos los que quieran verdaderamente ser sus discípulos.
Igualmente, se suele pensar que el texto se aplica solo a aquellos que tienen bienes materiales, el tema de la riqueza va más allá, puede aplicarse a la posesión de talentos, de tesoros, al tiempo. No hay quien no tenga nada que dar, en última instancia, quien crea no tener nada, tiene el don más precioso: la vida, esto le coloca en la más noble de las donaciones, no el de dar algo sino de darse a sí mismo.
Todo aquel que dice ser creyente, no puede ser tal sino es en la vivencia constante y permanente del desprendimiento de sí y de todo lo que le esclaviza; no se puede ser discípulo sino es en la lógica de la donación. Urge pasar del tener y poseer al donar y donarse. No se trata de dar limosnas o migajas. Cristo se dio todo y totalmente y por ello espera lo mismo de quien quiere seguirle.
De ahí que nadie sea excluido de la posibilidad de ser discípulo de Jesucristo y configurarse con Él. Son laudable las buenas intenciones de quien se aproxima a Jesús y pide seguirle, como tantas personas de buena voluntad que quieren hacer este itinerario.