Armando Orbón sabe aquilatar con la destreza artística de sus manos —en compañía y no en soledad— los oros de la variedad temática pulsada en las cuerdas de su guitarra.
De ello hizo una múltiple demostración en el abordaje que asumió en la primera parte de su concierto clásico en la presentación que hizo en el Centro Cultural Pablo Antonio Cuadra.
El conductor y el ejecutante en función simultánea: silencio y admiración en la sala selecta donde no hubo ningún comportamiento intruso.
Los instrumentos cuando tienen el sello universal son alas viajeras y en ese sentido qué trotador de mundos es el timbre —los contrastes de la guitarra—.
Tanto en lo anímico como en lo territorial, Orbón dio cátedra con la palabra y con la acción afirmando que Manuel de Falla siguió siendo el nacionalista de siempre porque impuso la tradición española, no obstante la influencia que en él tuvo Claudio Debussy a quién dedicó un homenaje a través del extracto sonoro.
De ahí pasa al rincón de otro mundo esta vez de naturaleza: poner a Isaac Albéniz en Asturias con magia de leyenda, el sentido contrario al nacionalismo expuesto por Falla. Albéniz dirigió la mirada a las cumbres de la universalidad
Pero Orbón en su holgura debía besar con sus manos la tierra del Brasil y que mejor candidato de sus ideales que Héctor Villalobos. Sus obras más famosas tuvieron un universal punto de concentración: las quince agrupadas bajo el nombre de “Choros”.
El número uno para estrenar el vuelo fue electo por el solista. Canciones de cuna, zambas, tango. El tango de Tárrega mostró la perceptible influencia de la habanera.
Giro sentimental tuvo la travesía, no obstante acrecentaron los ánimos variados en las cuerdas de su guitarra.