Pasante de moda

La directora Nancy Meyers se ha destacado por crear comedias románticas que funcionan como artículos de estilo de vida en una revista rosa: presentan un estado ideal de afluencia material, en el cual todos los problemas sentimentales se solucionan.

La directora Nancy Meyers se ha destacado por crear comedias románticas que funcionan como artículos de estilo de vida en una revista rosa: presentan un estado ideal de afluencia material, en el cual todos los problemas sentimentales se solucionan. Su protagonista por excelencia es una mujer madura, redescubriendo el amor en medio de ambientes que parecen decorados por Martha Stewart. Sus personajes habitan un mundo patricio, eminentemente blanco y acaudalado. Su nueva película varía un poco la fórmula: su foco de atención es un hombre y las preocupaciones románticas están temperadas por asuntos existenciales. ¿Qué hacer con tu tiempo cuando no tienes que trabajar en la tercera edad?

Ben (Robert de Niro) es un viudo jubilado que trata de llenar sus días de actividad, pero nada suple el sentido de propósito que le daba el trabajo. Por eso aplica a un programa de pasantías para adultos mayores. La compañía que lo enrola es una empresa vendedora de ropa por internet, fundada por Jules Astin (Anne Hathaway). Cuando entramos en la oficina a la par de Ben descubrimos las asperezas de la historia de éxito. En solo 18 meses Jules ha pasado de trabajar en la mesa de su cocina a comandar un negocio con centenares de empleados y millones de clientes. Grandes inversionistas quieren capitalizar la compañía, con la condición de imponer sobre ella un gerente de alto calibre. En el frente doméstico, su esposo Matt (Anders Holm) ha asumido el papel de padre-en-casa y la crianza de su pequeña hija.

Bajo la aparente concordia marital, la reversión de los papeles y la concentración en el trabajo están a punto de pasarle la cuenta.

Meyers incluye suficientes variaciones en su receta como para picar la curiosidad en un inicio, pero no puede trascender a la agresiva superficialidad de su tratamiento. Los predicamentos de sus personajes son, en principio, dignos de escrutinio. ¿Cómo puede un hombre, en el ocaso de la vida, reconstruir su identidad cuando el trabajo que lo define se ha desvanecido? ¿Cómo puede una mujer asumir sin culpas una posición de liderazgo profesional que la obliga a ceder el rol tradicional de una mujer? Ben y Jules se enfrentan a variaciones en sus roles de género y entre ellos surge una especie de solidaridad, refrescantemente desprovista de cualquier intimación sexual.

Lástima que la directora sepulte cualquier preocupación humanista bajo un sentido de humor agresivamente superficial, Meyers reconoce que en la tercera edad las personas pueden tener una vida sexual activa, pero usa ese reconocimiento para desplegar comedia física en términos básicos: ¡Ben se emociona demasiado cuando una bella masajista trabaja en él! ¡Un joven colega se cae de espaldas cuando cree que ha descubierto a los viejos teniendo sexo oral!

¡Una vieja libidinosa cela a Ben! Son chistes fáciles, que solo reconocen la humanidad de los personajes para hacer chacota de ellos. Peor aún es el abuso de la música para remarcar las emociones. La música de Theodore Shapiro suena con la insistencia de una tortura.

Sin embargo, De Niro y Hathaway hacen que la película sea tolerable. Tienen buena química juntos. El papel está muy por debajo de las habilidades del legendario Taxi Driver (1976) y Toro Salvaje (1980), pero es interesante ver cómo lucha por convertir a Ben en un personaje interesante, que conserva su dignidad aun cuando las maquinaciones de la trama lo someten a situaciones humillantes. Jules ofrece combustible a los detractores de Hathaway, pero la actriz delata una intrigante inteligencia emocional. Ambos actores merecen mejores películas.

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