Lamia (también llamada Síbaris) era hija de Belo, rey de Libia. Zeus tuvo amores con ella y para agradecerle sus favores amatorios le regaló la extraña facultad de quitarse y ponerse los ojos a voluntad.
Lamia le tuvo varios hijos a Zeus. Pero Hera, la hermana y esposa de Zeus quien se caracterizaba por sus celos extremos pero no le cobraba al marido sus infidelidades, sino a las mujeres que él conquistaba por las buenas o por las malas, castigó a Lamia haciendo que todos sus hijos murieran, menos una hembra que se llamaba Escila.
Al perder a sus hijos Lamia también perdió la razón y se aisló en una cueva profunda y oscura, donde rumiaba su rencor. Según escribe el mitógrafo Robert Graves, la locura y el odio convirtieron el rostro de Lamia en una máscara espantosa y a toda ella en un monstruo que tenía el cuerpo de serpiente y los pechos y la cabeza de mujer.
Aquel horroroso monstruo en que se convirtió Lamia saciaba su hambre de venganza atrapando niños a los que chupaba la sangre. Después Lamia se unió a las Empusas, las hijas de la diosa de los infiernos, Hécate, que tenían una apariencia repugnante y se alimentaban con sangre humana. Las Empusas gustaban atrapar a hombres jóvenes para lo cual adoptaban la apariencia de hermosas mujeres que se le aparecían a los caminantes nocturnos para seducirlos y chuparles la sangre hasta dejarlos sin vida. O robaban niños pequeños a los que mataban de la misma manera.
Se dice que el mito de Lamia es de origen mesopotámico. Los hebreos que volvieron a las tierras de Israel después del exilio en Mesopotamia lo llevaron consigo y lo asociaron con la leyenda de Lilith, quien supuestamente fue la primera mujer de la humanidad, antes de que Eva fuese creada.
Dice el mitólogo español José Antonio Pérez-Rioja en su Diccionario de Símbolos y Mitos, que el mito de Lilith se encuentra en el Talmud (el Libro que contiene la tradición, la doctrina y las ceremonias de los judíos) y fue propagado en las antiguas leyendas orales hebreas. Lilith, “madre de gigantes y demonios”, habría sido la primera mujer de Adán pero se rebeló a la autoridad del hombre y lo abandonó para convertirse en un espectro nocturno. A Lilith se le imaginaba en esas leyendas como una mujer desnuda cuyo cuerpo terminaba en forma de cola de serpiente.
Hace un par de semanas, el periódico español ABC de Madrid publicó en su edición electrónica un artículo titulado “Lilith, la demoniaca primera mujer que abandonó a Adán según la tradición judía”. En ese escrito se dice que “algunas interpretaciones rabínicas aseguran que durante la creación aparece insinuada una tercera presencia humana, Lilith, que hunde sus orígenes en la tradición mesopotámica. El Judaísmo no la ha deificado, pero la ha empleado para introducir el concepto del mal ligado al erotismo femenino”.
En el artículo en referencia que fue publicado en la edición de ABC del 14 de septiembre corriente, el periodista cultural César Cervera cita el texto bíblico del libro del Génesis en el cual se dice que Yahvé sacó de Adán una de sus costillas y formó con ella una mujer. “Entonces el hombre exclamó: Esta sí que es hueso de mis huesos. Esta será llamada varona (Eva) porque del varón ha sido tomada. Por eso el hombre deja a sus padres para unirse a una mujer, y formar con ella un solo ser”.
Pero Cervera señala que “una extendida interpretación rabínica considera que la referencia, en un versículo anterior, a que ‘Y creó Dios al hombre a su imagen. A imagen de Dios lo creó. Macho y hembra los creó’, significa que hubo otra mujer antes (que Eva) la cual terminó abandonando el Paraíso”. Y precisa Cervera que “según esta tradición judía, Lilith es esa mujer que precedió a Eva, y que, una vez lejos de Adán, se convirtió en un demonio que rapta a los niños en sus cunas por la noche y una encarnación de la belleza maligna, así como la madre del adulterio”.
Según otra leyenda, mencionada también por el citado periodista español, Lilith se habría rebelado contra Adán e ido a juntarse con los demonios, porque no aceptó yacer debajo de él durante la relación sexual. Según Lilith eso significaba colocarse en una posición inferior, pero ambos, hombre y mujer, habían sido creados iguales.