Después de concluida la guerra que devastó el país en los ochenta, la economía habiendo acumulado un gran desgaste y obsolescencia, se vio sometida a un proceso abrupto de apertura externa, en condiciones de sobrevaloración cambiaria, que terminó de desmantelar las capacidades pre-existentes e hizo que el desempleo se disparara a niveles sin precedentes.
Sin embargo, la economía se recuperó gradualmente gracias al “bono de la paz”, que hizo posible que, de nuevo, se reiniciara con fuerza el avance de la frontera y la producción agropecuaria, a la mejoría de los precios internacionales y a los abundantes flujos de cooperación externa. También comenzó el periodo cimero del bono demográfico. Posteriormente, contribuiría el “boom” de las commodities.
La fuerte emigración se comenzó a traducir en un creciente flujo de remesas internacionales. Las zonas francas comenzaron a ganar alguna importancia en el empleo, reemplazando el creado por la extinta industria sustitutiva que no sobrevivió al proceso de apertura.
El sector agropecuario creció principalmente por la vía extensiva, mediante la expansión acelerada de la frontera agropecuaria, impulsada por el comportamiento favorable de la demanda de carne en el mercado internacional, pero continuó aprisionando a la mayor parte de la tierra y la fuerza de trabajo agrícola en una trampa de rezago y baja productividad.
Dado su rezago tecnológico, la economía continúa especializada en la producción y exportación de un número limitado de bienes y servicios, de bajo valor agregado y reducido dinamismo de la demanda, y la producción doméstica ha estado perdiendo participación en las exportaciones mundiales y el mercado interno frente a la expansión más rápida de la demanda por bienes y servicios de mayor complejidad, que el país no es capaz de producir.
La inversión extranjera se ha concentrado, con frecuencia, en sectores intensivos en capital con muy poca generación de empleo, y/o con limitados enlaces con el resto de la economía.
La dinámica del empleo cambió de manera permanente. Las actividades de mayor productividad, en los distintos sectores de la economía, para poder sobrevivir a la competencia y mejorar su rentabilidad han implementado estrategias de racionalización y modernización que han incrementado su productividad, pero han reducido su capacidad de generar empleo.
En un contexto en que la población económicamente activa está creciendo con fuerza, como resultado de los efectos combinados del bono demográfico y de género, la creciente fuerza de trabajo está siendo absorbida, predominantemente, por los sectores de menor productividad, la agricultura tradicional y el comercio y los servicios informales, aunque el grado de informalidad es amplio en casi todos los sectores.
La masiva absorción de empleo por parte del comercio y los servicios informales urbanos han hecho que la productividad en estos sectores se reduzca hasta casi igualarse a la de la agricultura, lo cual, en conjunto con el incentivo hacia la expansión de la ganadería extensiva, ha limitado la migración hacia las ciudades, reorientándola hacia el Caribe Norte.
Dado que la productividad media de la economía es un promedio ponderado, el hecho de que las actividades de menor productividad generen la mayor parte del empleo presiona a la baja la productividad promedio, haciéndola declinar.
Según el BCN el ritmo de crecimiento promedio anual de la economía en el periodo 2009-2012 fue del 4.8 por ciento. Al mismo tiempo, la Encuesta Continua de Hogares del INIDE que ha visto suspendida su publicación, y solo muestra datos hasta 2012, indica que el número de trabajadores ocupados en la economía como un todo se incrementó a una tasa promedio anual del 7.6 por ciento.
Dado que la tasa de crecimiento del PIB es igual a la tasa de crecimiento del número de trabajadores ocupados más la tasa de crecimiento de la productividad, de las cifras anteriores se desprende que la tasa de crecimiento de la productividad en ese periodo fue negativa, del -2.7 por ciento promedio anual.
*Economista