Prueba de Fuego es la segunda película en la franquicia dedicada a llevar al cine las novelas para jóvenes adultos de James Dashner. Es, básicamente, un eco del fenómeno comercial conjurado por Harry Potter y Crepúsculo. El éxito de esas series de libros y películas ha garantizado que todo ciclo de novelas para público juvenil reciba la atención de los grandes estudios, en busca de otro golpe de suerte en la taquilla.
La primera película, estrenada el año pasado, sacaba el mayor partido posible de una premisa fantástica: un niño sin memoria recobraba el conocimiento en una comunidad enclaustrada, formada por adolescentes como él, afincada al lado de un misterioso laberinto de piedra de proporciones monumentales. Terribles monstruos que se interponían entre ellos y la salida. O al menos, eso es lo que ellos creían. Al final de esa película —si no la ha visto y quiere hacerlo deje de leer— descubrimos que los chicos son conejillos de indias en un experimento, buscando la cura para una epidemia que condujo a la humanidad al borde de la extinción. O algo así.
La revelación, sobre la cual esta secuela construye un mundo más amplio, resulta anticlimática. La fuerza alegórica de la primera parte se diluye en un escenario posapocalíptico demasiado familiar. La corporación es un grupo científico-paramilitar con tendencias totalitarias, enfrentándose a rebeldes autodeterminados, empeñados en liberar a los muchachos apresados como animales de laboratorio. Las ruinas de la civilización son asoladas por sobrevivientes hedonistas y zombis veloces ya hemos visto todo esto antes. El mercado de fantasías distópicas ya está de por sí saturado, con el inminente desenlace de Los Juegos del Hambre y Divergente pisándole los talones.
La película funciona en el sentido más básico. Los humanos convertidos en zombis por una extraña enfermedad conocida como “la llamarada” sirven para un sobresalto ocasional, pero la dramatización del encuentro en un centro comercial derruido solo sirve para recordar los clásicos de George Romero. Los actores adultos son apropiadamente amenazantes: Aidan Gillen, el intrigante Peter Baelish de Juego de Tronos , se une a Patricia Clarkson, como ambiguas figuras de autoridad para los muchachos. Lily Taylor es una doctora renegada, y Barry Pepper es un rebelde de armas tomar. Giancarlo Esposito es un traficante que descubre su decencia bajo presión. En sus breves apariciones, todos ellos son más interesantes que el protagonista, Thomas (Dylan O’Brien), quien se vuelve progresivamente más aburrido a medida que asume su rol de líder. Su amiga Teresa (Kaya Escodelario) le roba la película. La trama le da un giro inesperado a su personaje, y ella le saca el mayor partido posible.
La película es eminentemente genérica. La dirección de Wes Ball ni siquiera le hace honor al vívido diseño de producción. Sin embargo, podemos encontrar al menos un momento de gracia, consignado en una imagen memorable: los jóvenes fugitivos dejan atrás a un colega infectado por la enfermedad, sin otra compañía más que una pistola. Todos ellos se detienen en el desierto cuando el balazo resuena en la banda sonora. Van alineados pero separados, cada uno a metros de distancia. Juntos, pero irremediablemente solos ante lo inexorable de la muerte. Es el momento más escalofriante, en un producto taquillero que trabaja demasiado para crear la ilusión de poseer alguna consecuencia. Dándole el beneficio de la duda, quizás la franquicia mejore en la tercera parte, concebida como el final de la historia (el autor ha escrito cinco novelas). Maze Runner: The Death Cure está programada para estrenarse en el año 2017.