Blue Jeans sucios, zapatos tenis lodosos, camiseta psicodélica con la imagen de Elton John, mariguana sangre y sudor en la flor de loto tatuada en su corazón roto, es sábado y va de pie colgado viajando en el romántico tranvía en donde saltaron de pronto de su pecho los pétalos, las lágrimas y la música de los Rolling Stone que pasó sonando desde una blanca limousine y llena de humo en donde viajaba de incógnito Carlos Santana que acaba de venir de Sausalito. —Ya nada es igual, el mundo feliz de Huxley es una quimera y el peyote y la mezcalina es una desesperada canción sin sunshine — se dijo mientras se bajaba del clásico transporte colectivo para luego agregar —¿en dónde quedaron los años de paz, música y amor de John Lennon, la guerra de Vietnam y la lucha del Che?, ya nada es igual y las noches se parecen cada día más al lado oscuro de la luna de Pink Floyd con Roger Water en el sanatorio , el Stairway to Heaven de Led Zeppelín es tan solo un muladar pestilente de los años maravillosos—, se dijo mientras caminaba ahora tambaleándose en Misión Street y la suave brisa de la bahía le traía a la memoria la rutilante lluvia de los Credence Clear Water.
La era de los Hippies de Scott Mackenzie era tan solo un cruel y decrépito reflejo en los ancianos motorizados en Harley Davidson que se pasean alucinados por las calles y avenidas californianas, y en muchas esquinas los abuelos del Rock tratan siempre de revivir con su presencia y estilos de vida el espíritu de los Beatles, The Door, y Jimmy Hendrix, y de vez en cuando Janis Joplin o Elvis Presley cumplen su tan anhelada metempsicosis en algunos fans adolescente que tienen el rostro lleno de espinillas o en algunos jóvenes que se visten y caminan como el Rey del Rock and Roll.
En el Golden Gate al fin se detuvo a disfrutar de unas Cold Beer Heiniken pensando en los años blancos y negros y rainbow de la paz, música, esperanza y amor de Woodstock y se sonrió pensando en los campos sin fresas por siempre cuando se es un país o un continente dependiente, dominado y subdesarrollado como su añorada patria la cual apenas conoció cuando su padre lo trajo de 5 años por culpa del fantasma de la guerra a Los Ángeles, cruzando por el desierto de Tijuana en donde recordó de nuevo a los salvadoreños muertos de sed y a la mujer japonesa violada por un coyote guatemalteco y un mexicano en San Isidro.
Desde el puente miró como el incandescente sol se hundía como un gigantesco dragón rojo de papel del barrio chino en las frías aguas del Pacífico y se alegró al saber que en el presente siglo el presidente negro de Estados Unidos Barack Obama y el papa argentino Jorge Mario Bergoglio eran los dos fenómenos sociales del siglo XXI que daban al traste con el convencionalismo y discriminatorio y gentilicio de los arquetipos del Zaratustra fascista de Nietzsche.
Al caer el velo azur de la noche un pornográfico vestido blanco y unos tacones rojos y enlodados se le acercaron en la penumbra del puente para hacerle compañía en el rincón en donde se encontraba mirando las luces de la ciudad y en la melena de la mujer cortado al estilo Tina Turner un suave perfume llenó de fragancia de rosas el lugar que se disipó con el gélido viento de la noche lapislázuli, mientras el hombre con síndrome de Charles Manson mirando el lado oscuro de su corazón se inclinó sobre el voluptuoso cuerpo para hacerle el sexo oral y a la vez dejarla muerta en el piso de metal. Al salir el sol de George Harrison, de nuevo el blue jeans sucio y los zapatos tenis lodosos caminan ahora con una camiseta negra y un rasca cielo de resaca en su garganta, la sangre y el sudor corren en la flor de loto del tatuaje de su corazón roto.
Al llegar a la Castro Street, Tommy tomó conciencia plena y cierta de que un inmigrante californiano como él era un hombre afortunado a pesar de sus mórbidas inclinaciones, viviendo el sueño americano de los años sesenta en pleno siglo XXI a su manera, y poseedor a sus veintidós años del reino de dios de la generación Beat en su mente y corazón.
Al poco rato una patrulla lo detuvo cerca de la Casa del Sol Naciente por ser considerado uno de los diez sospechosos del asesino en serie más buscado del Golden Gate.
(Dedicado a Indiana Guido Salinas quien vive en San Francisco, Pittsburgh desde los años ochenta del siglo pasado).