Una manada de Guardabarrancos manchó el azul celeste, que lloró con los futbolistas, admiró el nivel de juego y aplaudió las llegadas oportunas que terminaron fallidas, en casi goles, en ilusiones.
Estar en el Estadio Nacional de Futbol no era un lujo, sino una obligación. Las cifras mentían. Dieciocho mil personas no estaban congregadas, había millones de almas en busca de cumplir un anhelo.
Ni el chubasco de la lluvia que refrescó Managua en horas de la tarde evitó que la fiebre futbolística se detuviera. Cada nicaragüense ondeaba una bandera desde temprano o traía una camisa o tenía la cara pintada con colores que reflejaban a la patria.
Las ventas de vigorón, quesillos y diferentes tipos de bebidas fueron controladas. Nicaragua cumplió a cabalidad las medidas de seguridad planteadas por la FIFA, echando al cesto de la basura la clasificación como un desafío de alto riesgo.
A eso de las 6:30 arribó la barra jamaiquina, integrada por unas 150 personas, parecían una colmena de hormigas desvastadas. Con sus camisas amarillas no lograban iluminar ni sus gritos. Estaban perdidos y desorientados por tanto bullicio ensordecedor pinolero.
El himno nacional se escuchó en el firmamento. Había un unísono que hinchaba de orgullo al país. La música tuvo que dejar de sonar para dar lugar al cántico de los congregados.
Cuando salieron los jugadores al campo, hubo un júbilo perpetuo, nadie tomó su silla durante los 90 minutos, todos de pie hasta el final, cuando las lágrimas arroparon a cada uno de los guerreros en el terreno de juego.

