La ficción lucha contra la realidad en Los 33 , producción de Hollywood con sabor latino. La película dramatiza las vicisitudes de los mineros chilenos que en el año 2010, permanecieron sepultados en una mina del desierto de Acatama durante casi dos meses. Cinco años son una eternidad, pero la actualidad es el menor de los problemas. Cada giro de la trama está labrado en la memoria colectiva, gracias a la intensa cobertura de los medios. Entonces, ¿cómo puede sorprendernos? Pues, no haciéndolo, concentrándose en despertar la veta de nuestra memoria emocional.
El guion destaca a los mineros más carismáticos. El líder putativo, Mario Sepúlveda, es interpretado por el español Antonio Banderas. La mexicana Kate del Castillo es su esposa. El norteamericano de origen filipino, Lou Diamond-Phillips, quien ya hizo de latino en La Bamba (Luis Valdez, 1987) es Don Lucho, el capataz bajo tierra. El cubano Óscar Núñez es Yonni Barrios, galán de barrio dividido entre una amante y una esposa (Adriana Barraza). El español Mario Casas es Alex, joven motivado a trabajar sobre tierra por su inminente paternidad. El brasileño Rodrigo Santoro es Laurence Golborne, ministro de minas. El norteamericano Bob Gunton es el presidente Sebastián Piñera. El irlandés Gabriel Byrne interpreta a Andre Sugarret, ingeniero maestro del taladro de alto calibre. La diva francesa Juliette Binoche es una combativa vendedora de empanadas que lucha por salvar a su hermano, un junkie irredento (Juan Pablo Raba). Si, Juliette Binoche. Vendiendo empanadas.
La película es un melodrama de interés social. La autenticidad se sacrifica en el altar de la viabilidad económica. Más nacionalidades en el reparto implican más mercados interesados. Para que la película funcione comercialmente, es necesario que estrellas reconocibles se metan en la piel de hombres comunes, conversando en la lengua franca del mundo globalizado. Todos hablan en inglés. Los hispanoparlantes infunden un vago acento chileno, con diversos grados de éxito. Los anglos, ni se molestan. Pedir otra cosa sería una necedad. Para realidad está los documentales. El espíritu de la empresa termina de manifestarse con las repetidas apariciones de Mario Kreutzberg, “Don Francisco”, como sí mismo. La presencia del entretenedor conjuga veracidad y el artificio. En realidad, él estuvo presente en el lugar. Y su cameo innecesario sirve como gancho para el amplio público hispano de EE.UU., base de la popularidad del recién extinto Sábados Gigantes . Pero es innecesario para el desarrollo dramático.
El mayor problema reside en la incapacidad de la directora Patricia Riggen para armar una historia cohesiva. Los 33 se diluye entre su pequeño ejército de personajes y un mar de incidentes. Atrapado en una narrativa literal, uno no puede evitar fantasear sobre que habría hecho con este material un director mas comprometido a las posibilidades del lenguaje cinematográfico. Los valores de producción son sólidos. La fotografía del peruano Checco Varesse define los parámetros del infierno bajo tierra con inusitada belleza. Y la música de James Horner hace un uso expresivo de instrumentos étnicos.
Si la película funciona, es gracias a la sinceridad de los actores. Diamond Phillips se roba la película. Pero el momento más conmovedor viene en los créditos finales, con un montaje que reúne a los verdaderos sobrevivientes. Sus fisonomías de mestizos e indígenas contrastan con las apariencia de sus alter egos. La secuencia es como una riposta contra la artificialidad del medio, y la avidez del público por consumir versiones idealizadas de la realidad. Dudo que esta interpretación esté en la agenda de los realizadores, pero no pude sacarla de mi cabeza. Por una vez, la realidad es más conmovedora que la ficción.
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