A través de un boxeo sin elegancia y sin un estilo en sus formas más pulidas, pero con la fuerza, el fuego y una valentía casi suicida, Ricardo Mayorga se abrió paso ante nuestro asombro.
El muchacho de Granada, que en cierta ocasión, había sido bajado del ring por incapacidad manifiesta, estaba ahora en las Grandes Ligas del pugilismo y convertido en una de sus atracciones.
Cierto, su lenguaje vulgar era como una profanación a los símbolos de la decencia y parecía más un matón callejero que un boxeador, pero comenzó a crecer hasta introducirse en la historia.
Mayorga capturó dos títulos mundiales. Se impuso por nocaut a Andrew Lewis en cinco asaltos por el cetro welter de la AMB y le ganó a Michael Piccirillo por la corona de las 154 del CMB.
Pero su apogeo lo alcanzó tras destruir a Vernon Forrest, lo que abrió el camino hacia peleas estelares con Tito Trinidad y Óscar de la Hoya, en grandes escenarios.
Y justo en ese momento, cuando estaba en el pináculo de la fama, convertido en el boxeador nica que más interés ha provocado en la historia, fue que se dio el punto de inflexión en su carrera.
Mayorga le puso la cara a Trinidad, quien aprovechó al máximo esa imprudencia y comenzó a edificar un nocaut, del que Ricardo jamás pudo reponerse, ni siquiera con su éxito ante Piccirillo.
Pero en realidad, Mayorga perdió ante sí mismo. No pudo imponerse a sus propias contradicciones. Pensó que podía derrotar a sus rivales más con su boca que con sus puños y se malogró.
Ahora está de vuelta en un ring, en busca de un dinero muy necesitado, pero justo cuando ya no le queda fuego en sus entrañas y el poder de sus puños se ha desvanecido.
Ver en la versión impresa las páginas: 12 B