Querida Nicaragua: Justicia, “virtud que nos hace dar a cada cual lo que le corresponde”. Esta es la sencillísima definición que da el pequeño Larousse ilustrado sobre la palabra justicia. Que fácil, verdad. Virtud que nos hace dar a cada cual lo que le corresponde. Es decir que si todos aplicáramos esa sencilla fórmula, sin necesidad de tener jueces o magistrados, viviríamos tranquilos pues nadie tendría razón alguna para quejarse. Al ser justos todos los problemas de propiedad quedarían resueltos. La palabra “weiver” ni siquiera la conoceríamos, ni hubiéramos tenido que discutir tantas veces con el mentado Fondo Monetario Internacional (FMI).
La justicia es algo así como el primero de los mandamientos de la vida diaria para la convivencia humana. Es como un soplo de Dios, es como el primero de los diez mandamientos que el Señor entregó a Moisés: Amar a Dios sobre todas las cosas y a tu prójimo como a ti mismo. La justicia es sinónimo del amor. San Pablo en sus peregrinaciones evangélicas no pedía a los potentados que liberaran a sus esclavos. Les pedía que los amaran en el entendido de que al amarlos serían libres, al amarlos no recibirían azotes ni malos tratos, serían tratados como seres humanos.
Me hacía estas reflexiones luego de leer algunos párrafos paulinos que siempre son edificantes y recorría mentalmente el ejercicio de la justicia en nuestra nación, la cual encontramos harapienta y sucia. Y lo peor, sin balanza y sin venda en los ojos.
La pobre justicia anda de capa caída. Es muy raro que se haga justicia y cuando se llega a hacer es justicia tardía que muchas veces ya no es justicia.
Los encargados de juzgar y sentenciar son los jueces de los cuales se tiene un mal concepto, sobre todo desde de los años ochenta cuando la justicia como tal fue politizada y se cometieron en su nombre centenares de abusos graves y se hicieron miles y miles de fechorías, algunas de las cuales persisten en la actualidad y que son un grito permanente que señala a los violadores de la justicia.
Nicaragua está sembrada de injusticias por doquier. Gentes que murieron de soledad y tristeza, familias que perdieron sus casas, haciendas heredadas desde la colonia convertidas en refugios de forajidos. Grandes propiedades tomadas para cualquier delirante proyecto, tomadas sin figura de juicio y sin pagar un centavo, arrebatadas porque sí, por mis “pistolas” dice el gobierno, como quien dice porque yo mando y se acabó.
Hace poco escuchábamos a uno de nuestros corresponsales quejándose por el abuso de cierto funcionario, quien además de invadir una propiedad amenaza al propietario casi diariamente con anónimos de muerte. La falta de justicia en un país acarrea cúmulos de sufrimiento para todos los ciudadanos. Sufrimiento, odios, ira, dolor y resentimientos peligrosos y sobre todo aleja la convivencia pacífica de unos y otros ciudadanos.
De aquí que lo que más necesitamos es fortalecer el poder judicial, darle la majestad que debe tener, despolitizarlo, con lo que se elevaría el nivel intelectual y moral de los jueces.
Está visto que ha sido duro el trabajo de poner a Nicaragua en marcha. Los diez años, la noche oscura del sandinismo, nos hicieron retroceder treinta o cuarenta, y ahora seguimos en lo mismo de los ochenta. Es urgente para el futuro una buena administración pública para emprender la tarea de sacar adelante a Nicaragua en todas sus necesidades, educación, salud, empleo, desarrollo, ciencia y tecnología.
Para esto se necesita un sistema judicial abundante en pulcritud y probidad, un Poder Judicial fortalecido, pues de ello depende el establecimiento de un auténtico Estado de derecho que pueda darle al ciudadano justicia, es decir la virtud que nos hace dar a cada cual lo que le corresponde. Ni más, ni menos. Esta es una meta anhelada que seguramente lograremos tarde o temprano. Nadie lo ponga en duda.
El autor es gerente de Radio Corporación. Excandidato a la presidencia de la República en 2011.