Las personas interesadas en el futuro de Nicaragua se preocupan seriamente por lo que podría ocurrir cuando termine el régimen orteguista, es decir, no solo el gobierno de Daniel Ortega, sino el de su sucesión dinástica y partidista, si es que logra imponerla, como el general Anastasio Somoza García impuso la propia.
Esta preocupación se basa en la convicción de que el régimen orteguista tiene que terminar, como sea, aunque él mismo y quienes lo rodean no lo quieran creer ni admitir, imbuidos como están por la recomendación del extinto Tomás Borge, de que el Frente Sandinista nunca más debe entregar el poder, pase lo que pase. Pero esta es una torpe y muy peligrosa equivocación.
Todos los sistemas de gobierno, desde los más poderosos imperios del pasado hasta las grotescas dictaduras de tiempos recientes, han debido terminar aún contra la voluntad de sus titulares. Desde Polibio, el eminente historiador griego del siglo II a.C., se conoce que el poder político es cíclico, que los sistemas de gobierno se degradan y terminan por muy fuertes que hayan sido en los períodos de su mayor auge. De esta ley de la historia no se ha escapado ningún sistema político, de todos los que existieron hasta ahora.
En Nicaragua, la dictadura liberal de José Santos Zelaya (1893-1909) cayó a pesar de todo el poder que llegó a concentrar y ejercer. Lo mismo ocurrió con la todavía más fuerte y prolongada dictadura de la familia Somoza (1936-1979). Y también con la dictadura sandinista de los años ochenta, que fue mucho más poderosa y tuvo más afán de perduración que la dictadura somocista. ¿En razón de qué, entonces, el régimen actual de Daniel Ortega va a permanecer a lo largo de todo el tiempo?
La gente sensata que conoce esta ley inexorable de la historia y quiere lo mejor para Nicaragua se preocupa por la posibilidad de que el régimen de Daniel Ortega termine drásticamente y la desgracia nacional que sufrió el país después de la caída de la dictadura somocista —y de la cual no se ha recuperado hasta ahora— se vuelva a repetir.
La evolución siempre es mejor que la revolución. El cambio político y social gradual, como resultado de un consenso nacional y en un marco institucional y legal, es invariablemente beneficioso y progresista. Por el contrario, la transformación revolucionaria, violenta y radical es causa de revanchismo, de abusos de poder, de retroceso humano y atraso económico y social. Y al final una camarilla dictatorial y corrupta es sustituida por otra igual o peor, como lo demuestra la experiencia de la trágica historia moderna de Nicaragua.
Si Daniel Ortega y los suyos se empecinan en seguir el perverso consejo de Tomás Borge e impiden un cambio pacífico de gobierno y una transición ordenada a la democracia, Nicaragua perderá todo lo que ganó después de 1990 y volverá a retroceder tanto o más en los años ochenta del siglo pasado.
Las transiciones de la dictadura y el autoritarismo a una nueva forma de gobierno son inevitables y ocurren de manera forzada o pactada, violenta o pacífica, moderada o radical. De Daniel Ortega y la cúpula del régimen orteguista dependerá cómo habrá de ser la nueva transición de Nicaragua, que en todo caso es inexorable.