A escasos seis años del bicentenario de la independencia de Nicaragua el país no sale de su atraso. Superados solo por Haití seguimos tratando de encontrar la respuesta a la pobreza y solo logramos profundizarla porque nos negamos a vernos en el espejo e identificar en el reflejo al verdadero culpable.
Somos los nicaragüenses, desde el primer día que gritamos nuestra “independencia”, ciudadanos inconformes con todo lo que nos ha gobernado sin importar colores y pensamientos. Las consecuencias han sido guerras, invasiones, dictaduras, revoluciones, intervenciones, contrarrevoluciones y transiciones dolorosas que no terminan aún de perfilar un propósito de unidad nacional que realmente nos libere.
En la historia política contemporánea ni Somoza ni quienes le sucedieron sirvieron por razones obvias pero después, ya en épocas de paz, vinieron Violeta Chamorro, Arnoldo Alemán, Enrique Bolaños y Daniel Ortega y tampoco sirvieron y con toda seguridad cualquiera que venga después del presidente actual tampoco servirá de algo.
Dicen que un día Dios se reunió con todos los presidentes centroamericanos porque estos se quejaban que a Nicaragua le había dado el territorio más grande además de lagos, lagunas, ríos, volcanes, mares, minas, bosques, montañas, islas y así toda la gama de bellezas naturales. El Padre Celestial asintió ante tan irrefutable argumento y contestó diciendo: “Es cierto, pero también le ha dado una gentecitaaaaaaa”.
No pretendo exonerar de responsabilidades a los gobernantes que hemos tenido —cada uno de ellos tiene su cuota— pero desde hace doscientos años nada de lo que se hizo fue bueno y siempre el que vaya llegando será ladrón, dictador, incompetente o cualquier otra cosa desde el prisma de los que no están en el poder y que cuando estuvieron fueron señalados por las mismas cosas.
Otros países que son tomados como paradigmas de lo que debería ser Nicaragua han salido adelante en su vida democrática porque jamás vivieron nuestras guerras y porque tomaron de ejemplo nuestras riñas para no repetirlas y gozar hoy del desarrollo que nosotros envidiamos. Es decir ellos construyeron su progreso con la materia prima que a nosotros nos hace falta.
Así las cosas, por qué no pensar que además de los gobernantes también nosotros como pueblo tenemos una alta cuota de responsabilidad y que no importa quien esté en el poder en los próximos veinte años nuestra historia siempre será la misma porque juzgamos con una inmensa viga en los ojos, porque moralmente tenemos un doble discurso, porque estamos llenos de narcisos que son políticos únicamente frente a las cámaras ante las cuales hablan de honestidad, de humildad, de democracia y libertad pero muchos de ellos con casos judiciales pendientes, muchos de ellos pavos reales de sangre azulada que por conveniencias se rozan con el pobre al que solo utilizan, muchos de ellos autoproclamados “demócratas” que son más dictadores que los que dicen están en el poder u otros que diciéndose “comandantes” nos hablan de guerra para liberarnos desde las agrestes junglas del Facebook.
En nuestro país necesitamos ser honrados para no robar pero también para honrar la verdad; digamos la verdad pero no solo la que nos convenga; proclamemos la paz pero no a nombre de la guerra; critiquemos pero con argumentos y propuestas; pensemos no reaccionemos; hagamos no prometamos; no convirtamos en enemigo al que piensa diferente; hagamos de la tolerancia el lenguaje común; demos la mano pero no con el puño cerrado; hablemos no gritemos; vivamos y dejemos vivir.
Si logramos esto último quizá encontremos la materia prima para construir la República. Sino entonces sigamos atados a la oprobiosa historia de siempre.
El autor es periodista.