Nunca olvido a la artista sur coreana Kyung Wha Chung cuando en la sala de conciertos del sur de Támesis explotó vencida por la irritabilidad al interrumpir una sonata de Mozart.
Nunca olvido cuando en el Teatro Nacional Rubén Darío, el solista de piano Paul Badura Skoda tuvo que poner en silencio a una sonata de Beethoven por lo mismo. Skoda se puso de pié con el perfil enhiesto y aconsejó al espectador esperar con paciencia la rehabilitación. Que el público se muestre inclinado a manifestaciones rumorosas durante los conciertos de música clásica no es ninguna primicia. Muchas veces la concurrencia —y no por esas motivaciones— ha incidido en comportamientos deliberados de alzar cuchicheos en medio de la paz del evento y cuando en la modernidad tecnológica los celulares aúllan en los palcos o cuando con aplausos inoportunos la obra se ve estorbada entre movimiento y movimiento lesionando el protocolo de reiterar la cortesía de las palmas en el lapso de la finalización de la obra. Usualmente el director se pone de frente invitando al reconocimiento. Y pueden seguirse mencionando los obstáculos que muchas veces hieren la concentración. Para impedir estas desazones azarosas para los artistas, mucho influyen los efectos de la educación musical, el aprendizaje en las aulas donde se ventilan estas recreaciones previas muchas veces elementales para preservar la conducta adecuada.
“La música es el sonido pintado en el lienzo del silencio”, expresó una vez en otra de esas circunstancias el director de orquesta Leopoldo Stokowski a un auditorio indiscretamente ruidoso de Filadelfia. El debate está abierto sobre el comportamiento de los músicos y del público.