Director del Teatro Nacional, 52 años.
Ramón Rodríguez es un jinotegano de corazón, fue combatiente popular desde 1979 y luego prestó el servicio militar, pero le fascinó la música desde siempre, aunque también quiso ser piloto. Es uno de los fundadores de la Camerata Bach y desde el 2008 funge como director del Teatro Nacional.
Defínase en una palabra.
Sincero.
¿Qué habría sido en otra vida?
Piloto.
Un mal hábito
(Piensa)… Esa está difícil… Pues, no soy perfecto, pero tengo buenos hábitos, no malos (ríe).
¿Es cursi?
No. Soy un hombre bien pragmático, no pretendo ser Romeo ni gritar hacia un balcón (risas).
¿Baila?
(Sonríe) Generalmente los músicos somos malísimos bailarines, pero yo me defiendo (ríe). Bailo salsa y si hay que bailar Palo de Mayo, pues también.
¿Sería modelo?
(Risas) ¿De dónde? Solo que de barrigones. (Carcajada). Nunca he sido vanidoso.
¿Es coqueto?
No, no, soy más bien una persona sencilla, me encanta, por ejemplo, comprar pantalones del mismo color, aunque parezca uniforme.
¿Qué es lo más raro que ha comido?
¡Ay mamá! Unos gusanos en México.
¿Cómo es dando bromas?
Uff, soy súper bromista, colecciono máscaras y me disfrazo para asustar (risas).
¿Un apodo?
En mi pueblo me decían “Cacarra”, por un pajarito muy inquieto. Y aquí en Managua me empezaron a decir “Sofoque”. (Risas).
¿Un talento oculto?
Creo que tengo una habilidad detectivesca para armar casos y predecir lo que puede pasar.
Un libro…
Si tuviera que elegir entre tantos: Cien años de Soledad y El diario del Che en Bolivia.
¿Qué le cuesta hacer?
Dormir, siento que mi cuerpo solo necesita cinco horas para descansar.
Una frase que siempre diga…
¡El domingo, el domingo! O ¡Vamos hermano, vamos hermano, vamos! Generalmente es durante los ensayos, cuando los músicos están hablando. Yo les digo que el momento de conversación puede ser el domingo en la casa de un amigo y de inmediato por eso el “vamos, vamos”.
¿Cómo sería su día perfecto?
Uno que tuviera más de cincuenta horas.
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