Desde hace más de un año tenía unos apuntes sobre un libro de mucho interés para la historia del pensamiento político contemporáneo, me refiero a la obra Pensadores temerarios , en el cual se analiza la trayectoria de varios influyentes pensadores que sucumbieron a la fascinación del poder totalitario, tal es el caso del filósofo alemán Martin Heidegger.
En ese proceso de decisión estaba, cuando me di a la lectura de un artículo del filósofo nicaragüense Alejandro Serrano Caldera, publicado en el diario LA PRENSA, el 19 de julio pasado, bajo el exótico título de El humanismo ante la fragmentación contemporánea , el mismo autor que ha sido honrado con una cátedra que lleva su nombre en la UAM.
En su artículo, el filósofo nicaragüense, hace un contraste entre fragmentación versus humanización, además de señalar la preocupante destrucción del medioambiente y el consumismo, el hiperindividualismo, la indiferencia ante la miseria, entre otros temas.
La indiferencia e intolerancia, son rasgos distintivos de la sociedad de nuestro tiempo y la inversión de valores hace que resulten más importantes las cosas que las personas, dice, ante lo cual Serrano evoca la ética como un referente moral que restablezca al ser humano como el fin de todo proceso de desarrollo, sujeto y destinatario de la historia.
Casi al final del artículo me llamó la atención la siguiente cita:
En esta perspectiva, el humanismo, como la filosofía, es diálogo, pues como dice Martin Heidegger en su Estudio sobre la poesía de Hordelin, “el ser del hombre se funda en el lenguaje, pero este solo acontece realmente en el diálogo (es decir hablándonos y oyéndonos unos a otros) Somos un diálogo desde que el tiempo es”.
Era de esperarse que el filósofo nicaragüense nos advirtiera, en cita sucinta, algo del comportamiento ético de Heidegger, por respeto a los lectores.
Martin Heidegger es uno de esos filósofos que encabezan lo que se ha dado en llamar el coro de la filotiranía, por poner al servicio de gobiernos totalitarios sus conocimientos filosóficos.
Heidegger, siendo profesor tuvo un romance con su joven discípula Hannah Arend, una aventura que ha sido objeto de varias biografías, y que a la larga, sería un punto de referencia sobre su conducta como filósofo y como persona.
Lilla Mark, autor de Pensadores temarios , refiere que Heidegger apoyó manifiestamente a los nazis desde 1931 y trabajó activamente para conseguir el cargo de rector. Una vez conseguido, se empeñó con todas sus fuerzas en “revolucionar” la universidad y ofreció, por toda Alemania, conferencias de propaganda que siempre acababan con el preceptivo “¡Heil Hitler!”. Heidegger se convirtió en rector de la Universidad de Friburgo en abril de 1933.
Sus actitudes personales no fueron menos despreciables. Cortó la relación con todos sus colegas judíos, incluido su mentor Edmund Husserl. Es famoso su infame discurso de toma de posesión del rectorado donde, de manera explícita, ponía su vocabulario técnico filosófico al servicio de la penetración nazi en las universidades, la intelectualidad alemana y la sociedad en general.
Heidegger había visto, en el nazismo, el nacimiento de un mundo nuevo y mejor.
Creía que su filosofía podía transformarse en un programa de regeneración nacional. Esto es, precisamente, lo que Heidegger vería en el nacionalsocialismo.
Empezó entonces a referirse al ser como a una divinidad que se revela ante el hombre en un lenguaje mitopoético e idiosincrásico, inspirado en el poeta romántico Hölderlin. Al no encontrar eco de sus ideas en Alemania Heidegger creía que los propios nazis habían destruido la “fuerza y la grandeza interior” del nacionalsocialismo y que, al no haber seguido el rumbo trazado por él, habían privado a los alemanes de su encuentro con el destino.
Tras haber renunciado a su cargo, Heidegger firmó solicitudes de apoyo a Hitler y presionó al régimen para que le permitiesen establecer una academia de filosofía en Berlín.
En 1945, tras la derrota de Alemania, los franceses ocuparon Friburgo, y lo llamaron ante una comisión de desnazificación que decidió apartarlo de la enseñanza. En un vano intento de salvarse, Heidegger buscó el apoyo de su amigo Karl Jaspers, de quien esperaba que intercediera a su favor.
En 1946, Hannah Arendt, su examante, escribió que la filosofía de Heidegger era una ininteligible forma de “superstición”. En cuanto a su nazismo, Arendt rechazaba atribuirlo a una simple debilidad de carácter, y prefería echar la culpa a su incorregible romanticismo, “una lascivia espiritual que parece ser consecuencia de una combinación de desesperación y delirios de grandeza”.
Arendt se hizo famosa por sus libros Los orígenes del totalitarismo y Karl Marx y la tradición del pensamiento político occidental .
Se cuenta que al volver Heidegger a la enseñanza, tras su aventura como rector del régimen nazi, uno de sus colegas le había espetado la famosa ironía: “¿De vuelta de Siracusa?”. Esta frase hace referencia a las tres expediciones de Platón a Sicilia, en su intento de devolver al joven dictador Dionisio a la filosofía y la justicia.
La enseñanza de Platón supone que, para alcanzar sus objetivos, la filosofía debe agregar, a su conocimiento de las Ideas, el saber acerca de la esfera de sombras de la vida pública, donde las pasiones y la ignorancia de los seres humanos oscurecen las ideas. Y si su fin es iluminar la oscuridad, no acrecentarla, la filosofía debe comenzar por domeñar sus propias pasiones.
Karl Jaspers esperó varios años para referirse al caso de las acciones filotiránicas, al concluir que Heidegger era irredimible, como hombre y como pensador. Para él, no era en absoluto el modelo de lo que un filósofo debía ser, sino un antifilósofo demoníaco, consumido por peligrosas fantasías.
El autor es periodista.
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