De los poemas de Marina Moncada: “Aunque lo más notorio —y lo que hace ver estos poemas como reflejos de un alma esperanzada— es su serena disposición a la vida y a sus cambios, la implícita convicción de que hay un propósito en vivir y en vivir cada edad; de que no hace falta pretender que los días y los años no pasan”.
Francisco Larios, poeta.
Invierno
Una fricción de miradas provocó la chispa.
No fue llamarada de hojarasca
duró varios inviernos soleados.
Vuelvo los ojos hacia arriba
vana búsqueda, rescoldos de memoria.
Y como colillas de cigarro
pisoteo los recuerdos.
La ceniza me produce alergia.
Zona costera
Camino al acecho de palabras.
Aparecen en ráfagas fugaces
y el viento cambiante disipa
el vapor de tu fuego y mi mar.
No puedo sujetarlas
una, la que trae tu nombre
se desliza entre pecho y papel
quiero resguardarla en una concha
pero la marea alta
avienta las cenizas de la náufraga
hacia otras costas
donde pueda anclar su tridente.
Emoción de luces
Embestí un amor entrancado en el corralillo
de la plaza poblada por desamores,
ávidos de presenciar la estocada honda.
Usé la capa sangrienta de este corazón
adornado con frágiles lentejuelas
puestas sobre mi emoción de luces.
Escombros de memoria
Clara aflora tu imagen
entre el disipante recuerdo
de otros encuentros.
Tu palabra renueva mi piel surcada
por seductoras frases recurrentes.
Tu entonada voz
destaca del ruido sordo
en este mundo que se desploma.
Reconozco tu nombre
rescatándome de los escombros:
Tu memoria.
Rostro en el bastidor
Tímida, levanté la mirada del aro y encontré
tu rostro enmarcado en el círculo.
Usé los hilos asedados del amor para bordearlo
lo rematé con la puntada del cordón que aprendí
en la escuela de futuras mujeres…
Concentrada en mi labor, descuidé la aguja
perforando el centro del corazón que nunca
aprendió a bordar
y estos dedos que no terminan
de aprender a deshacer costuras.
Hoy, colgados de las madejas flojas,
mis ojos se inclinan de nuevo ante
el bastidor enmarcando otro rostro…
Vestido camisero
A partir de hoy tendrás que enrollarte
los pantalones para poder navegarme
yo remangaré mi vestido camisero
y al estampar mis dedos sobre tu espalda
no necesitarás ayudarme con la falda
el aliento de tu canción lo hará por ti.
Cuando se seque la fuente ambos necesitaremos ayuda
para no enlodarnos en las aguas del desamor.
Rostro de tulipán
Enrollo mi cabello en la toalla
él mira una doncella sin paga
vos, un rostro coronado de Tulipán.
Envuelvo mi cuerpo mojado
en salida de baño
a él le parece un trapo más
a vos, el traje que esculpe
mi silueta, lista para amarte.
Palidez desnuda
Las nubes se codean con el sol,
blancas, negras, plomizas
humildes posan en las alturas.
Aquí abajo
altiva esquivo las manchas en la piel
desnudo mi forma de la noche
ante un necio rayo
vestido como un dios
capaz de destruirme.
Sin previo aviso
Quedé con los recuerdos en la punta de la memoria.
Sin previo aviso.
El amor ordenado —decías— es para el resto de la gente;
es mejor la pasión enmarañada,
donde los detalles ocupan un ínfimo espacio.
Prevaleció despejado el desorden
de nuestros encuentros, cuando el mundo
estaba a nuestro entero favor.
Fuego peregrino
A mí me bastas tú para atizar la leña
seca de tantos veranos juntos.
Tu insistente pecho, pájaro migrante, tropical
es suficiente para derretir nuestro gélido exilio.
Tu fuego Nicarao ablanda
mis emociones endurecidas por glaciales fuereños
contigo al lado puedo transformar estos
inviernos prestados ¡en una cálida hoguera!
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