En nuestra Nicaragua, tierra de lagos volcanes y poetas, los rivenses no podemos olvidar la visita ilustre del Príncipe de la Lengua Castellana, gloria inmortal, quien amó mucho a su patria, pero supo que su destino no estaba en ella.
Rubén Darío acompañó al presidente de la República, al rivense don Adán Cárdenas, en marzo de 1886, y que por destino supremo fue la ciudad de Rivas en donde se publicó en el periódico El Termómetro, en 1880, el primer verso del panida universal: Una lágrima.
Parte de la crónica que escribiera Darío en su visita a Rivas textualmente dice: “Como ya se sabe, este pueblo festejó al doctor Cárdenas con muchísimo entusiasmo. Sigo pues, con mis apuntamientos de turista. Yo no conocía Rivas, pero me lo imaginaba, muy bonita la ciudad, muy bellas sus damas, muy cumplidos sus caballeros. Habré de decir que superó a lo que yo me imaginaba para que se me crea. Corolarios, esa tierra caballeros, es un lugar de flores y luceros. Y si no que lo digan los que fueron acompañando al señor presidente en el paseo que dieron los estimables socios de El Porvenir, en la finca de los señores Maliaño, había más flores que en un jardín y más luceros que en una constelación. No he salido de Rivas. Bailes, fiestas, alegría… no quisiera salir de aquí”.
Y al final de esas impresiones, dice Rubén añorando: “Y luego, viendo ya nuestro lago, nuestra capital, cuando después del día me he acostado pensando en la triste prosa de la vida… He recordado en mis sueños a la bella Rivas con sus flores y sus hermosuras incomparables”.
En el primer centenario de la muerte del poeta universal, los darianos y darianas y nuestra juventud pinolera recordamos al héroe nacional por excelencia, en su marcha a la inmortalidad.
Después de sus múltiples viajes Rubén regresa a su patria, esta vez no hay delegados especiales ni celebraciones con bombos y platillos, su retorno es silencioso, cierra el año trágico 1915 con lágrimas en sus ojos pronto, vendrá su viaje final.
El día 6 de febrero de 1916 en las primeras horas de la noche, la agonía franca y fatal del poeta en la cama de su amigo Francisco Castro con el cuerpo envuelto en toda su longitud en blanca sábana, su cabeza con dirección al norte, descansa sobre varias almohadas de funda blanca, una cabeza hierática bien delineada, con un crucifijo que le regaló su amigo mexicano, Amado Nervo, sintiendo secretamente su pavor a la tumba, el miedo que toda la vida lo petrificó desde su infancia en casa de la madre de la tía abuela, la evocación de terroríficas historias protagonizadas por ánimas en pena, frailes sin cabeza, manos peludas que persiguen como una araña y demonios que se llevan consigo a mujeres pecadoras. Vargas Vila señala que el pavor de Darío tenía la belleza de las lágrimas de un niño despertado en la noche.
En sus Cantos de vida y esperanza, donde le pide al búho su sabiduría celeste, su nocturno imperio y su cabeza que mira a Oriente y Occidente, pero también su silencio inmortal, sus ojos profundos en la noche y su tranquilidad para mirar a la Esfinge, el ars moriendi. Su muerte precedida por un eclipse que muchos ven como premonitorio. Se disputan su cerebro, luego inmensas pompas en sus funerales.
Su legado es un filón que con el tiempo alcanza dimensiones extraordinarias a la humanidad. Salomón de la Selva escribió en su poema Evocación de Píndaro: ¡Sólo Darío únicamente,
renueva las latinas glorias ecuménicas
como nunca la espada: sólo él es augusto!
Y termina diciendo:
Cuando murió; apenas comenzaba:/ ¡dan ganas de llorar!
Todos los poetas de España y América lloraron su muerte con poemas, artículos y discursos elogiosos que reconocen y aclaman su genio y su calidad de clásico de la lengua española.