En internet se puede obtener en idioma inglés o traducido al español, un artículo de los médicos e investigadores británico y estadounidense, David Owen y Jonathan Davidson, titulado Síndrome de Hubris: ¿un desorden de personalidad adquirido? Un estudio de los presidentes de Estados Unidos y los primeros ministros del Reino Unido a lo largo de los últimos cien años.
Este artículo fue publicado originalmente en la revista científica Brain, Journal of Neurology, e incluido luego en el libro El poder y la enfermedad. Según su propio título el artículo se refiere a los líderes gubernamentales de Estados Unidos y el Reino Unido, pero el enfoque abarca a todos los dirigentes políticos a quienes el poder se les sube a la cabeza y cometen cualquier clase de abusos.
Lógicamente, entre mayor es el poder acumulado por los dirigentes que se embriagan con la potestad de decidir sobre los destinos de sus países y pueblos, peores son los excesos que llegan a cometer.
Es muy conocida la fórmula de Lord Acton, historiador y político inglés del siglo XIX, de que “el poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente”. Pero la corrupción no consiste solo en el enriquecimiento ilícito ni el aprovechamiento de los recursos y bienes públicos para hacer o incrementar la fortuna personal y familiar. Corrupción es también el acaparamiento de todos los poderes estatales, gubernamentales, sociales y políticos, inclusive de aquellos que deben ser autónomos como los gobiernos municipales y regionales, y las universidades públicas, como es el caso de Nicaragua bajo el régimen absolutista y autoritario de Daniel Ortega.
Los investigadores Owen y Davidson definen como Síndrome de Hubris, el conjunto de características y rasgos comunes de los gobernantes que concentran y ejercen poder desmedido. Lo llaman hubris, por el antiguo concepto griego de hybris, el cual se traduce como desmesura, transgresión consciente y premeditada de los límites legales, humanos y divinos, desprecio al espacio y el derecho ajeno y, por lo consiguiente, falta de control de los propios impulsos y de las ambiciones, tanto de riqueza como de poder político propiamente dicho.
Owen y Davidson puntualizan 14 características comunes de los individuos que por tener un poder excesivo y carecer de calidad humana para administrarlo correctamente, abusan desmedidamente de su potestad. Pero algunos analistas los resumen en siete rasgos principales que son los siguientes:
Confianza exagerada en sí mismo, imprudencia e impulsividad. Sentimiento de superioridad sobre los demás. Identificación de su persona con la patria, la nación, el pueblo y la organización que lideran. Discurso mesiánico, exaltado y agresivo. Pérdida de contacto con la realidad. Convicción de que el rival tiene que ser vencido a cualquier precio. Creerse indispensables. Terminar en estado de desolación, rabia y rencor cuando pierden el poder o simplemente la popularidad.
Los nicaragüenses que tienen edad para recordar a los dos generales Somoza, pueden valorar si esas eran las características de sus personas y gobiernos. Y a las nuevas generaciones no les debe resultar difícil, identificarlas en la personalidad y el régimen de Daniel Ortega.