Cerca de la Cruz Roja, en la pequeña colina que surge hacia el suroeste de donde se intersectan la Dupla Norte con la Avenida Monumental, se asentaba el llamado Barrio Maldito. Allí, por las Delicias del Volga, prostitutas muy pobres habitaban sus casas de madera. Se sentaban a la puerta en sillas plegables de reglas de madera, que posaban sobre la calle polvorienta sin aceras. Esa hilada de 25 casas pequeñas, de cuatro metros de frente cada una, era una pálida versión de la calle Warmoesstraat del Barrio Rojo de Ámsterdam, con sus escaparates de mujeres voluptuosas. Aquí, sin ningún lujo ni marketing competitivo, las hetairas alternadamente llamaban a todo transeúnte, simplemente encogiendo hacia abajo los dedos, con un leve giro de la mano, a medida que el cliente potencial avanzaba casa tras casa a lo largo de la calle. Era como si un revuelo de palomas batiese sus alas al ritmo de los pasos del personaje extraño.
El 15 de julio de 1969, hace 46 años, en ese Barrio Maldito, un muchacho miope de 25 años, armado de un subfusil Uzi de 9 mm, escenifica, solo, una batalla memorable. Enfrenta un batallón militar de trescientos hombres, con carros armados y aviones artillados. Por dos horas, un avión Cessna 337, artillado con metralletas calibre 7.62, cae a 322 km/h en vuelo rasante sobre la casa de dos pisos donde resiste Julio Buitrago.
Se escucha, desde la casa llena de humo, un tableteo que responde persistentemente.
Era un día martes, soleado. A las 4:00 de la tarde, la Guardia abre de pronto la puerta con un golpe metálico del ariete de balancín. Buitrago mata al agente que entra y con reflejos de felino sube al segundo piso, donde había previsto presentar combate si llegase a rodearlo la Guardia somocista.
Un tanque Sherman, frente a la casa, a treinta metros, apunta su cañón de 75 mm hacia el segundo piso y descarga proyectiles perforantes AP de 11 kg, de alto poder explosivo. Caen pedazos de concreto, las paredes muestran agujeros de sesenta centímetros de diámetro. Entre cada disparo del cañón se escucha un tableteo nutrido de las dos ametralladoras Browning de 7.62 mm (con una dotación de 4,750 proyectiles), a una cadencia de diez disparos por segundo. Las paredes adquirían velozmente el aspecto triste de un panal abandonado.
No obstante, se escucha nuevamente, desde la agujerada casa llena de humo, el subfusil Uzi que responde.
Un camarógrafo del Canal 6, tirado tras los arbustos, en una pequeña zanja, graba a 35 metros de distancia las arremetidas del avión; la tanqueta que con cada disparo echa una bola de fuego por el cañón y su sacudida por efecto de los gases del propelente del proyectil. La ciudadanía recibe en sus televisores la señal de la batalla en vivo.
Churchill, primer ministro de Inglaterra, fue invitado, en 1941, a pronunciar un discurso en la universidad de Oxford, luego de derrotar a los nazis en el combate aéreo sobre Londres. Subió al estrado tras atronadores aplausos. En silencio fue a un rincón y depositó allí su bastón, se quitó el sombrero de copa, lo puso sobre el atril, tomó entre sus dedos el puro de su boca y guardó dos minutos eternos de silencio. Al fin, dijo: “Jóvenes, solo tengo tres palabras que decirles: ¡No se rindan!” Guardó silencio y, luego de una pausa prolongada, añadió: “¡No se rindan, nunca, nunca, nunca!” Hizo una nueva pausa prolongada y repitió: “¡No se rindan nunca, nunca, nunca!” Puso el puro en su boca, se ajustó el sombrero en la cabeza, fue por su bastón y abandonó la sala.
Por dos horas, el subfusil Uzi responde insistentemente. Buitrago lanza, incluso, una granada entre los guardias que rodean la casa. Estos disparan sus rifles Garand, pero no se atreven a entrar.
Buitrago la pensaba como Churchill. Cuando la Guardia le exigía que se rindiera, les respondía: “Patria o muerte”.
Al fin, el subfusil Uzi calla. Julio Buitrago yace a orillas de la ventana. Su moral de combate derrotó a la Guardia somocista en transmisión directa de televisión. La temible dictadura, a los ojos conmovidos de la ciudadanía, pasó a ser un régimen cobarde.
El autor es ingeniero eléctrico.
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