Todo se iba poniendo amarillo, y el sol más amarillo. ¿Será por las arbolatas o porque se declaró Alerta amarilla?, preguntaba la gente al ver aquel fenómeno raro e inédito. Se habló de la posibilidad de una plaga, una emergencia, una catástrofe o el desafío a las leyes de la física. “Hay que hacer un simulacro de colores”, sugirió alguien. La gente se empezó a preocupar cuando vieron que la berenjena se puso amarilla, cuando el sabor del pastel se puso amarillo y cuando el sonido de los tambores se puso amarillo. Lo que veían, respiraban, tocaban, escuchaban, era amarillo, pero sin valor comercial. Amarillo era todo lo que se movía. Algunos corrieron en busca de refugio, pero la peste no daba tregua. ¿Qué pasa?, se preguntaban. Estaban atrapados en sus propias percepciones, en sus propias experiencias subjetivas, en lo que ellos creían ver, y eso era todo.
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