Quienes propugnan por una mayor austeridad para Grecia asumen que una masiva reducción del gasto público logrará asegurar que el gobierno sea capaz de cumplir en todo momento con el servicio de su deuda y que esto llevará tranquilidad a los mercados, ya que estaría demostrando que se tiene una estrategia clara para reducir los niveles de deuda y evitar el default.
Esto debería contribuir a restablecer la confianza de los inversores y a que las tasas de interés se reduzcan, dando lugar a la recuperación de la economía. Se supone que esta política, al reducir el déficit fiscal y el costo de la deuda, en conjunto con la recuperación económica, conducirá a la disminución de la deuda pública como porcentaje del PIB, hasta niveles sostenibles.
Sin embargo, existen fundamentos para poner en duda el realismo de estas predicciones. Si se considera que un recorte del gasto público reducirá la demanda agregada, de manera directa y por la vía del efecto multiplicador, un drástico recorte del gasto, en un contexto de por sí recesivo, profundizará aún más la caída de la economía y producirá un mayor incremento de la tasa de desempleo.
Esto conducirá a un mayor debilitamiento de los “animal spirits” empresariales y a una nueva caída de la inversión privada. Finalmente, al derrumbarse la economía se producirá un crecimiento explosivo en la relación entre la deuda pública y el PIB, el cual solo podría ser contrarrestado mediante ajustes fiscales todavía más drásticos, que darían lugar a una mayor contracción de la economía.
Los resultados de los paquetes de austeridad en Grecia proporcionan un “test de campo” para estos enfoques. Grecia llevó a cabo una gran reducción de su gasto público —el gasto de consumo final del gobierno se contrajo en más de treinta por ciento. Esto representa un esfuerzo fiscal impresionante.
El resultado fue una caída de la economía del orden del 25 por ciento. La tasa de desempleo casi se triplicó, al pasar de un 9.5 por ciento en 2009 a 27.3 por ciento en 2013, mientras la tasa de desempleo de los jóvenes escaló por encima del cincuenta por ciento. La Inversión Bruta experimentó una implosión, cayendo desde un 26 por ciento del PIB en 2008 hasta el 13 por ciento en 2013. Al derrumbarse el PIB, el denominador en la relación deuda pública/PIB, esta relación se incrementó de manera explosiva, desde un 134 por ciento hasta casi un 180 por ciento.
Oliver Blanchard, economista jefe del FMI, reconoció que los paquetes de austeridad habían producido una caída de la economía que fue más del doble de lo previsto, explicando que no se había pronosticado adecuadamente la magnitud de la caída porque el valor de los multiplicadores fiscales utilizados en la proyección, era solo una fracción de su valor real estimado.
La implicación es que una mayor austeridad solo produciría una mayor depresión de la economía griega y un incremento adicional de la relación deuda pública/PIB.
El sorpresivo análisis del FMI sobre la sostenibilidad de la deuda griega, publicado hace apenas tres días, reconoce —contrariando la postura de que Grecia debe pagar la totalidad de deuda sin importar el costo— que la deuda griega es impagable y que, para que Grecia pueda llegar a recuperarse, se requiere de financiamiento adicional, de una extensión importante de los vencimientos y de una reducción significativa de la deuda, y no solo más reformas económicas.
El FMI ha publicado además una nota declarando que “la mejor manera de lograr esto es mediante la estrategia equilibrada según la cual Grecia toma medidas para reformar su economía y los socios europeos del país proporcionan financiamiento adicional y alivio de la deuda”.
Como sugiere Jeffrey Sachs, esta nueva postura del FMI podría desbrozar el camino hacia la búsqueda de una salida realista y constructiva para Grecia.
*Economista
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