La frase de don José Martí, “De mala humanidad no se pueden hacer buenas instituciones”, es incuestionable. Si quienes dirigen una nación y controlan el Estado lo hacen en función de sus intereses personales, familiares o partidarios, si son la antítesis de valores y principios morales erigiéndose más bien en los violadores de la ley y el orden, irrespetando reglas básicas de convivencia y de tolerancia; si se sitúan por encima de la ley amparados en la fuerza bruta con la pretensión de perpetuarse en el poder, entonces de esas humanidades no resultarán buenas instituciones. Las instituciones se ajustarán a la medida de sus ambiciones, de sus defectos, de sus soberbias, de sus vicios, de sus vanidades.
Si el punto de partida de un sistema está fundamentado en la negación del respeto a la dignidad de la persona humana, si además se violan sus derechos humanos elementales, como el de movilizarse políticamente y el de optar por la vía del voto en la elección de cargos públicos; si además de eso se instituye un sistema que intenta dividir a la nación entre los adeptos y “los otros”, donde hay dos clases de ciudadanos, los protegidos por el poder y los desprotegidos. Los corruptos protegidos y los ciudadanos honrados desprotegidos. Entre los cobijados por la magnanimidad del monarca y los que no gozan de ese beneficio. En fin, si el punto de partida es la consolidación de una nueva dictadura, aunque tenga otros nombres y otros ropajes… ¿Cuál será el punto de llegada? ¿Se mueve Nicaragua hacia un desenlace feliz en términos de búsqueda del más elemental de los derechos de este pueblo, como es el de vivir en paz, en libertad, en democracia? O nos estamos encaminando de nuevo a la confrontación fratricida. ¿Qué condiciones generales se están imponiendo… hay un proceso de reconciliación en nuestro país? O lo que hay es una manipulación cínica de conceptos que son burlados pues sirven para esconder un régimen que es la antípoda de lo que se pregona.
Las alianzas estratégicas de este Gobierno con el capital más representativo de la burguesía histórica, con el Partido Liberal Constitucionalista, con una mínima parte de la antigua jerarquía de la Iglesia católica; con la actual administración demócrata en los Estados Unidos de América (que deja hacer y deja pasar) y con Venezuela de la que extrae los millonarios recursos que han permitido su consolidación, gracias asimismo, a la concentración absolutista del poder en una o dos personas que ha convertido a los otros poderes del Estado en organismos funcionales del poder, ha producido (todo ese cóctel) un país que, cansado de tanta inestabilidad y violencia ve con esperanzas un porvenir que hipotéticamente podría resultarle beneficioso. El nicaragüense ha optado por lo material no lo institucional. La discrecionalidad se vuelve medio de mercancía en la negociación intermediaria entre los ciudadanos y la autoridad. Y en un contexto de una relativa estabilidad económica, con tasas de crecimiento que remontan los niveles históricos pero que podrían estar mejores, si hubiese un verdadero estado de derecho y seguridad jurídica, crea la ilusión de que todo está bien. Que hay una aceptación implícita por las mayorías nacionales de este estado de cosas. Pero no es así. Hay muchas demandas insatisfechas y reclamos contenidos por el miedo y la amenaza. La represión que selectivamente aplica el poder a todo intento de manifestación de inconformidad y descontento, va creando más y más malestar que se acumula silenciosamente hasta el estallido final. Aunque la Policía haya asumido el rol de la Guardia Nacional y la seguridad del estado sea la doctrina que se aplica en baja intensidad.
Y así lenta y seguramente vamos recorriendo nuevamente otro ciclo de confrontación que llegará, a pesar del poder acumulado, militar, político, económico ya que “el que siembra vientos cosecha tempestades”.
El autor es diputado Parlamento Centroamericano