Masticando su carnada,
el pez
se viene al fondo
como ignorando el valor que tiene su
vida momentánea junto a la miga de muerte
que en esa oscura agua
se envuelve.
Esa es su rota historia
arrastrando a esa pofundidad,
dándole a sus escamas
todavía el valor de brillar
ya ciegas
en el turbio,
solo encimita del desdichado espacio
que apenas le sobra
al salir de la vuelta a la
superficie
goteando la
gateada y rojiza agua
que brota de sus propias agallas
en un solo remolino.
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