La educación es la clave para el desarrollo, es la llave que abre las puertas al progreso, mientras más educados sean los ciudadanos mejor serán las oportunidades económicas laborales y de relaciones sociales entre sí.
Cuando existan maestros con verdadera vocación para enseñar y educar no solo contenidos de un programa, sino valores éticos, buenos hábitos y actitudes que puedan moldear la conducta del ser humano avanzaremos.
Maestros, algunos lo son por vocación, otros por accidente, al no encontrar otra oportunidad de trabajar. Quienes llegan a serlo por accidente se limitan a cumplir un programa de clases determinado, se preocupan por desarrollar los contenidos de determinado nivel sujetos a un horario de clases y nada más.
Los maestros por vocación además de preocuparse por el cumplimiento del programa, sienten la necesidad de moldear la personalidad de los niños y niñas con paciencia, dándose a sí mismo, olvidándose de sus propios problemas para entender los problemas que cada estudiante lleva a la escuela desde el hogar y de esta manera contribuir socialmente.
Un docente con vocación hace sin recursos materiales una clase amena, dinámica y motivadora para despertar el interés y creatividad de los más pequeños y de esta manera propiciar espacios donde ellos puedan formar sus juicios y opiniones acerca del mundo que les rodea.
El buen maestro es quien se interesa por educar con el ejemplo, quien no humilla a sus estudiantes delante de los demás, quien se interesa porque el aprendizaje sea significativo, un aprendizaje para la vida, quien además es amigo y establece con ellos vínculos de respeto y confianza, es capaz de volverse niño para estar a su nivel, quien se preocupa por cultivar la mente y el corazón de niños y niñas.
Ojalá en nuestro país los maestros y maestras hagan un alto y evalúen su desempeño para valorar en qué categoría se ubican de acuerdo a su experiencia, si son maestros por accidente o por vocación.